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7 de abril: recuerdo del genocidio ruandés


 

El 7 de abril se recuerda la masacre que se produjo en Ruanda en 1994: la matanza de un millón de personas en apenas tres meses y la violación masiva de más de doscientas cincuental mil mujeres. Un lamentable hecho para no olvidar, al igual que el holocausto nazi y otras matanzas históricas, para aprender y no volver a cometer los errores del pasado.

Sería absurdo pararnos solo en disquisiciones históricas y culpabilizaciones estériles en este momento, aunque creo que hay un hecho, central en el genocidio de 1994, que sí debe centrar nuestra atención: el uso de la radio para difundir el odio y señalar objetivos. A menudo, los medios de comunicación -ahora también las redes sociales- son un espacio abierto donde hacer declaraciones y acusaciones irresponsables, sin cálculo de sus consecuencias. La ligereza de algunos líderes políticos que, en determinados medios, acusan y señalan indiscriminadamente a colectivos enteros como culpables de la situación económica y de seguridad, sin datos fidedignos que los respalden: los migrantes, los refugiados, los MENAS, los olegales.

En medio de una situación de crisis como la que vivimos, no solo de orden sanitario, sino también económico, se busca un culpable que ayude a descargar nuestra ira y frustración cotidiana, cegando nuestra capacidad de análisis y de búsqueda creativa de soluciones. Con sus mensajes, que generalizan sobre situaciones concretas y particulares, están provocando crecientes acciones de rechazo y odio que no se reducen a tuits , sino que se convierten en la calle en acciones de rechazo y violencia cada vez más comunes.

El recuerdo del genocidio de Ruanda nos debe hacer recordar que todos y todas podemos contribuir a la búsqueda de soluciones que nos hagan crecer sin exclusiones, como modelos de construcción de espacios solidarios de los que sentirnos  orgullosos. En su reciente encíclica «Fratelli tutti», el papa Francisco nos recuerda que «necesitamos constituirnos en un nosotros que habita la casa común» (FT, 17). De hecho, el lema de la próxima Jornada Mundial del Migrante lleva como lema «Hacia un nosotros cada vez más grande». Porque si hemos globalizado el mundo a nivel económico y de las comunicaciones, debemos dar el paso también para sentir que no podemos mantener viejas formas de pensar, en estados y fronteras aisladas, como si lo que ocurre en cualquier parte del mundo no nos afectara. Nuestro concepto de ciudadanía debe salir de la visión basada solo en el lugar geográfico de nacimiento y ser capaz de reconocer con plenos derechos a quien convive con nosotros de forma cotidiana, independientemente de su origen o situación administrativa.

«Ojalá que al final ya no estén “los otros”, sino sólo un “nosotros” [...]. Ojalá que tanto dolor no sea inútil, que demos un salto hacia una forma nueva de vida y descubramos definitivamente que nos necesitamos y nos debemos los unos a los otros, para que la humanidad renazca con todos los rostros, todas las manos y todas las voces, más allá de las fronteras que hemos creado» (Francisco, FT, 35).