Al encuentro

Diario, acontecimientos y relatos de inclusión social
Viernes, 09 Abril 2021 11:49

7 de abril: recuerdo del genocidio ruandés

Escrito por Jose
 

 

El 7 de abril se recuerda la masacre que se produjo en Ruanda en 1994: la matanza de un millón de personas en apenas tres meses y la violación masiva de más de doscientas cincuental mil mujeres. Un lamentable hecho para no olvidar, al igual que el holocausto nazi y otras matanzas históricas, para aprender y no volver a cometer los errores del pasado.

Sería absurdo pararnos solo en disquisiciones históricas y culpabilizaciones estériles en este momento, aunque creo que hay un hecho, central en el genocidio de 1994, que sí debe centrar nuestra atención: el uso de la radio para difundir el odio y señalar objetivos. A menudo, los medios de comunicación -ahora también las redes sociales- son un espacio abierto donde hacer declaraciones y acusaciones irresponsables, sin cálculo de sus consecuencias. La ligereza de algunos líderes políticos que, en determinados medios, acusan y señalan indiscriminadamente a colectivos enteros como culpables de la situación económica y de seguridad, sin datos fidedignos que los respalden: los migrantes, los refugiados, los MENAS, los olegales.

En medio de una situación de crisis como la que vivimos, no solo de orden sanitario, sino también económico, se busca un culpable que ayude a descargar nuestra ira y frustración cotidiana, cegando nuestra capacidad de análisis y de búsqueda creativa de soluciones. Con sus mensajes, que generalizan sobre situaciones concretas y particulares, están provocando crecientes acciones de rechazo y odio que no se reducen a tuits , sino que se convierten en la calle en acciones de rechazo y violencia cada vez más comunes.

El recuerdo del genocidio de Ruanda nos debe hacer recordar que todos y todas podemos contribuir a la búsqueda de soluciones que nos hagan crecer sin exclusiones, como modelos de construcción de espacios solidarios de los que sentirnos  orgullosos. En su reciente encíclica «Fratelli tutti», el papa Francisco nos recuerda que «necesitamos constituirnos en un nosotros que habita la casa común» (FT, 17). De hecho, el lema de la próxima Jornada Mundial del Migrante lleva como lema «Hacia un nosotros cada vez más grande». Porque si hemos globalizado el mundo a nivel económico y de las comunicaciones, debemos dar el paso también para sentir que no podemos mantener viejas formas de pensar, en estados y fronteras aisladas, como si lo que ocurre en cualquier parte del mundo no nos afectara. Nuestro concepto de ciudadanía debe salir de la visión basada solo en el lugar geográfico de nacimiento y ser capaz de reconocer con plenos derechos a quien convive con nosotros de forma cotidiana, independientemente de su origen o situación administrativa.

«Ojalá que al final ya no estén “los otros”, sino sólo un “nosotros” [...]. Ojalá que tanto dolor no sea inútil, que demos un salto hacia una forma nueva de vida y descubramos definitivamente que nos necesitamos y nos debemos los unos a los otros, para que la humanidad renazca con todos los rostros, todas las manos y todas las voces, más allá de las fronteras que hemos creado» (Francisco, FT, 35).

 
 
 
Lunes, 22 Febrero 2021 10:58

Perdió a su hermano

Escrito por Antonio
 

Tras llegar a tierra, una niña de doce años cuenta a los servicios de emergencia cómo vio morir a su hermano de nueve y fue arrojado al mar desde la patera.

Posiblemente toda su vida llevará tatuada en la mirada la imagen del hermano cayendo al mar. Un recuerdo permanente del viaje vivido con una impuesta madurez a una edad aún inocente. Una imagen que, para que no la olvide, se la mostraremos cada vez que en su nueva vida se encuentre con la indiferencia, el trato despectivo, la marginación o la exclusión...

Imagina por un momento recordar a tu hermano o a tu hijo cayendo del barco.

Imagina tener ese recuerdo cada vez que alguien te haga sentir que éste no es tu lugar.

Imagina verle cada vez que mantengan contigo una distancia de seguridad mayor que la necesaria.

O cuando te claven una mirada de desconfianza al subir al autobús o al entrar en un comercio.

Imagina verle cada vez que tuvieras que mendigar para comer o vestir.

O cada vez que intentaras ver cómo era tu vida antes del viaje, y no te queden recuerdos.

O cuando te insulten o menosprecien, y lo que oigas sea el sonido profundo del agua cuando cayó.

Aunque pasaran los años, en cada una de esas ocasiones se estaría descosiendo de nuevo una herida imposible de cerrar. Una herida que sólo podríamos ayudar a cicatrizar teniendo la valentía de imaginarnos en su lugar cada vez que seamos testigos de una de esas situaciones. 

 

 
 
 
Martes, 29 Diciembre 2020 10:59

Empadronarse para tener derechos

Escrito por Proyecto Nazaret
 

«Augusto, el emperador, publicó por aquellos días un decreto disponiendo que se empadronaran todos los habitantes del Imperio» (Lc 2,1). Una vez más, en cada detalle, la realidad del nacimiento de Jesús nos impresiona por la cercanía a la realidad de las personas más desfavorecidas.

Y es que el derecho y obligación de empadronarse se convierte hoy también en un problema para las personas que, como Jose y María, aun queriendo hacerlo, se encuentran con dificultades sociales. En plena Navidad, y releyendo todo el relato del nacimiento de Jesús a la luz de la vida concreta de tantísimas personas a nuestro alrededor, vemos con dolor cómo los derechos más sencillos son vulnerados de forma cotidiana.

El pasado 2 de mayo se publicaron en el BOE unas recomendaciones técnicas a los ayuntamientos de toda España para facilitar el empadronamiento de toda persona, independientemente de su situación: tanto si el lugar habitual es un banco en la calle, una casa ocupada, una habitación prestada o si eres propietario de un piso, solo hay que demostrar que ese es el espacio vital que puedes tener hoy por hoy para vivir.

Parece que estar acostumbrados a poder solicitar el certificado de empadronamiento nos hace olvidar su importancia. Estar empadronados nos permite tener un lugar donde recibir notificaciones oficiales de cualquier trámite. Pero, además, es el documento que acredita que existo como ciudadano o ciudadana, y ese papel me permite acceder a derechos tan básicos como la educación, la atención sanitaria, las ayudas sociales (no solo las oficiales, también las de Caritas, que pide un documento que justifique el lugar donde se vive).

Sin embargo, cada día, las personas que no tienen un vivienda acreditada o un alquiler con contrato formal se encuentran con miles de trabas burocráticas y excusas para no concederle ese derecho. Personas sin hogar y muchísimas personas migrantes encuentran en este trámite una de sus principales problemas para ser reconocidos como ciudadanos. Y es que, como dice el papa Francisco en la Fratelli Tutti, «los migrantes no son considerados suficientemente dignos para participar en la vida social como cualquier otro, y se olvidan que tienen la misma dignidad intrínseca de cualquier persona» (FT, 39).

En el caso de las personas migrantes, acceder a una vivienda es ya un problema permanente, fruto de prejuicios acumulados. Hay quejas presentadas ante el Defensor del Pueblo para que se busquen soluciones a esta realidad por parte de los ayuntamientos: el derecho a una vivienda es un derecho fundamental básico, como la alimentación y el vestido. Pero si, además de no poder encontrar una vivienda, no puedes acreditar que donde estás obligado a dormir es tu lugar habitual de residencia, la frustración es mucho mayor.

El proceso habitual para solicitar el permiso de residencia y trabajo, el llamado «arraigo social», se basa precisamente en demostrar que vives como persona en un lugar de forma habitual. Pero ¿y si la persona funcionaria encargada de realizar ese trámite se niega a hacerlo por falta «de pruebas»? La normativa deja claro que no son necesarias. Sin embargo, es un muro con el que una y otra vez se encuentran estas personas.

Jesus y María, como Abdou, Mamadou, Malika, Alexander y tantos otros, no decidieron nacer en un establo o vivir en una chabola. Es el lugar en el que se ven abocados a vivir por su realidad. Es el lugar donde tuvo que nacer Jesús, con el único acompañamiento de los que realmente entienden de humanidad: los pastores, aquellos que viven también en medio de la precariedad y eso les ayuda a vivir en solidaridad.

El espíritu de la Navidad, esta Navidad a la que el coronavirus nos ha obligado a despojar de tanto ropaje superfluo, nos debe impulsar a descubrir a ese Dios escondido que nadie supo reconocer y que, hoy como entonces, puede estar tan cerca nuestra, y ayudarnos a responder en consecuencia. Feliz será, entonces, nuestra Navidad. 

 

 
Viernes, 23 Octubre 2020 16:25

¿Y tú, qué dices? Di basta. NADIE SIN HOGAR

Escrito por Nadie sin Hogar
 

«Hola, mi nombre es ninguno. No tengo rostro. No tengo vida y hasta yo dudo de mi propia existencia. Tampoco tengo familia, ni amigos y solo siento el aliento de la soledad y el silencio.

Yo soy la cara de él o de ella, soy la nada con recuerdos y una historia por mochila. Una vez fui tú. Fui una persona de las que llamáis "normal", con familia, hogar, amigos y las mismas necesidades banales de las que hoy tan orgulloso se jacta esta sociedad.

Hoy, esta persona sin rostro ni nombre habla por todas aquellas que cargan el mismo peso. Por cada anciano, anciana, hombre, mujer, niño o niña que atraviesa por este sinuoso y angosto camino... posiblemente tú nos conozcas mejor como excluidos sociales... vaya palabra ¿eh?... empero, ¿Qué significa en realidad? ¿Qué no contamos?, ¿Qué restamos?, ¿Qué no valemos?... ¿Qué somos para ti?...

Nosotras, las personas sin hogar no juzgamos a la totalidad de la sociedad, pero mentiría si no dijese que sí sentimos vergüenza. Sentimos una humilde y pacifica vergüenza de esta sociedad que siempre imperó "tanto tienes, tanto vales".
¡Que irónico!... Resulta que tenemos ganas de vivir, ganas de progresar. Luchamos cada día por conseguir una buena acción, algo que aporte y no reste.

Peculiarmente la vida tiene su forma de corregir y nos ha enseñado al mundo entero que no debemos ir por el mismo camino por el que íbamos... no olvides nunca que yo, fui tú... A principios de este año un insignificante virus puso en jaque a todo el planeta.... Y surgió́ el milagro, lo mejor de nosotros y nosotras salió como raza. Ya no había tanta diferencia, ya todos éramos uno y las alianzas volvieron a nacer, volvieron a resurgir. Gran parte del mundo fue consciente de lo que era la soledad y el silencio. Voluntarios y voluntarias, autoridades, profesionales, desconocidos y desconocidas dieron lo mejor de sí mismo para minimizar los daños de esa enfermedad que se llevó a la generación que nos dio la vida. Nuestros padres, madres, abuelos y abuelas... una generación que supo de la miseria y la agónica tristeza. Aprendamos de nuestros fallos y cuidemos como el gran tesoro que son, nuestros mayores, se lo debemos, nos lo debemos.

Por todo ello, pedimos a las autoridades la puesta en marcha de programas efectivos para que se nos rebautice de nuevo, para dejar de ser una nada y formar parte de un todo. Un todo que luche aunando esfuerzos y en la misma dirección. No más silencios, no más dolor, no más vacíos... la sociedad ahora comienza a intuir que bogamos los mismos mares y debe de entender que si remamos todos y todas, menos será́ el esfuerzo. Necesitamos proyectos reales de inclusión social, tratamientos médicos para los drogodependientes que abarque mayor espectro social. Programas efectivos de visita, ayuda y escucha de nuestros mayores. Necesitamos que nuestros jóvenes conozcan nuestra historia para evitar que se reproduzca de nuevo. Queremos que la sociedad entera se haga eco de nuestra muda voz y que piensen en que hoy somos nosotros y nosotras, pero... ¿y mañana?... hacemos un llamamiento a los gobiernos que nos rigen para que no haya más gente sin nombre ni cara, sin vida ni futuro.

Nosotros y nosotras, que somos vosotros y vosotras, lanzamos un grito sordo de ayuda para que contéis con cada uno de estos hombres y mujeres que están preparados parar coger el testigo y devolver a esa parte de la sociedad la ayuda recibida. Pero nada cambiará hasta que no entiendas que una vez, fui como tú.»

 

 
Viernes, 23 Octubre 2020 16:09

«Entre dos aguas»

Escrito por Alberto Luis
 

Muchos pasan desapercibidos, ocultos ante nuestras miradas: en una esquina, en un soportal, pidiendo en la puerta del supermercado... Por suerte, tenemos otros sentidos, como el del oído.

Era difícil que Javier pasara desapercibido cuando se acercaba a nosotros para pedirnos algo a cambio del arte derramado, pues, aunque no lo viéramos, se le oía: primero a su guitarra y luego a él, con esa media sonrisa en su cara, llena de arte y jirones de una vida difícil.

Las cosas de la vida: de ser profesor a buscarse el sustento en la calle. «Entre dos aguas» era su interpretación favorita.

Y «Entre dos aguas» corren los destinos de las almas. Javier era famoso. Sus videos tienen miles de visitas en las redes sociales. Sin embargo, su vida no cambió. Y no lo hizo porque el Padre tenía otros planes para él; y se marchó de este mundo para recordarnos a todos que no solo tenemos oídos para escuchar la música. También tenemos unos ojos que deberíamos abrir para ver el alma de nuestros hermanos mas necesitados.

 

 

 

 

 

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