Viernes, 05 Abril 2019 09:40

Cuando la edad es vida vivida y compartida

Los pasados 2 y 4 de abril se celebró en la aldea del Rocío de Almonte, el XXIII Encuentro Diocesano de Mayores en el que participaron alrededor de ciento sesenta personas.

Recuerdo una vez, estando de campamento, en la que un misionero, que caminaba por la que entonces era su casa, se paró frente a un chico que le preguntó la edad y al conocerla, el adolescente le contestó: "¡Hala! ¡que viejo!" El sacerdote, muy lejos de sentirse ofendido, sonrió y dijo a aquel pequeño: "No hijo, no soy viejo, es que tengo mucha juventud acumulada".

Nunca olvidaré aquellas palabras que guardaban tanta verdad. Verdad que pude constatar de nuevo en una de esas oportunidades que te da la vida de ser mero espectador de lo que está ocurriendo. 

Llegué al Rocío tempranito, con tiempo para ayudar un poco en lo que hiciera falta y así "nuestros mayores lo tuvieran todo como merecen, lo mejor posible". Esa era la intención de los voluntarios y técnicos de Cáritas que tanta ilusión y esfuerzo le pusieron a este momento.

La casa, que la Hermandad del Rocío de Triana nos cedió y a la que agradecemos el gesto, estaba preparada: sillas puestas, mesas vestidas, carteles colgados, adornos colocados y la mesa de bienvenida lista. No faltaba ni un perejil.

Primera pará. Al rato llegó el autobús, y poco a poco fueron bajando unas ochenta mujeres (y algún hombre) participantes de nuestros proyectos con la sonrisa en la cara, los ojos bien abiertos y las manos dispuestas a guardarse el día. Jaleo...jaleo y ganas, ¡cuántas ganas! Helena, una de las voluntarias se había preparado una breve explilcación de la historia de la Virgen. Todas sentadas en sus bancos escuchaban atentas y algunas susurraban "Uy, yo esto no lo sabía, y mira que he venido veces". Clase aprobada con aplausos. Siguiente pará: la ermita.

Dando un paseo nos dirigimos a la ermita, a la casa de Dios, a la casa de María. He de confesar que voy muy a menudo a esa casa y pocas veces he disfrutado allí de un silencio que sonaba a paz, a espera y a esperanza. He disfrutado de otras cosas, del racheo cansado de los pies que llegan con fe a verla, del murmullo y de los selfies, del llanto de la emoción y de la oración de quien sabe que la Virgen escucha, guarda y acompaña. Pero ese silencio solo lo encontré ese día. Se sentaron y don Manuel, sacerdote en la Parroquia San Juan de Ribera, comenzó la eucaristía. Lanzó dos claras ideas. Recordó las palabras del Papa al comentar que "un pueblo que no cuida a sus mayores es un pueblo sin futuro". Qué certeza. El llamamiento fue claro: ellos han vivido, han errado y han aprendido antes que nosotros. Nos han enseñado y nos han dado lo que tenemos. No son viejos. Son mayores y se merecen ser cuidados con mimo y dignidad. La que tienen. Y no solo eso, ser partícipes de la sociedad, activos, con voz.

La otra idea se la transmitió directamente a ellas: "Ahora tenéis tiempo para hacer lo que no pudísteis en otro momento. Tenéis tiempo para estar, para escuchar, tiempo para acompañar a los vuestros, para compartir en la comunidad. Que la miseria de los años no os haga decaer en lo que sois y podéis hacer". Ellas asentían con la cabeza asumiendo que, en muchas ocasiones, la soledad, las limitaciones del cuerpo, las ausencias y los años... pesan, pesan mucho, pero es otra etapa de la vida y surgen nuevas oportunidades para compartirla. Esta, sin duda, fue una de ellas. Terminada la eucaristía con una salve a la Virgen, y agradecidas por el encuentro con Dios, con la Palabra y con la fe compartida, llegó el momento de alimentar el cuerpo. Ya lo dice el refrán: de la misa a la mesa. Y así fue.

Volvimos a la casa y comimos juntas. Algunas me preguntaban: "Niña, ¿y tú de dónde eres, dónde vives, tienes niños?" Pero yo solo quería saber de ellas. Así que, respondiendo muy brevemente, les preguntaba por su grupo, por lo que hacían, por el acompañamiento que recibían, si estaban contentas... "Nosotras hacemos labores y luego las vendemos en la parroquia para Cáritas" me comentaban. "No solo eso, también hacemos ejercicios de memoria y vienen a hablarnos del azúcar y de cómo tenemos que cuidarnos desde el Centro de Salud del barrio, y han venido hasta los bomberos a enseñarnos cómo reaccionar ante un fuego", "¡Y dentro de una semana viene la Policía!", añadían entre ellas.

Pasamos un rato estupendo, nos reímos mucho y me alegraba escuchar lo contentas que estaban en el proyecto de mayores. "A algunas nos da mucha vida... ¿y has visto lo guapos que son los dos técnicos que nos acompañan ahora?" bromeaban. 

Eran las cuatro y media de la tarde y el encuentro iba llegando a su fin, aunque faltaba aún lo mejor. Una tómbola organizada por ellas mismas y un buen rato de cante y baile que cerró y envolvió de regalo este día. Me metieron en el sorteo y me tocó el más grande: un cojín de ganchillo hecho a mano por una de las participantes que, al ver lo que me había tocado, me preguntó si me gustaba, cuando le dije que sí, se le iluminó la cara y me contestó: "lo he hecho yo". Era la mayor de todas. Ese fue realmente mi regalo.

Solo pude estar el martes, pero me consta que los otros ochenta participantes disfrutaron igual el jueves.

Me tuve que marchar un poco antes de que se montaran en el autobús de vuelta. El cojín me lo pidió mi madre y lo tiene como oro en paño en su habitación. Y yo agradezco a Dios dejarme ser testigo de las cosas bonitas que tiene muchas veces el trabajo de los que acompañan a las personas en Cáritas. En esta ocasión de la edad vivida y compartida. La edad que no envejece sino que acumula juventud.