Experiencia en la Escuela de Verano del Proyecto Maparra

Miguel Fernández, voluntario del Proyecto Maparra desde 2017, da testimonio sobre la Escuela de verano.


Miguel Fernández, voluntario del Proyecto Maparra desde 2017, da testimonio sobre la Escuela de verano.


Un verano más, Maparra ha abierto las puertas de su escuela de verano a los niños del Polígono Sur en Sevilla. Y nos lo hemos pasado en grande, tanto niños como voluntarios.

Ante el descenso de familias que solicitan la escuela de verano de la Parroquia de Jesús Obrero, El grupo motor, Lolín y José Joaquín, el técnico de Cáritas que nos acompaña, elaboraron una propuesta más lúdica que años anteriores, centrada esta vez, en el ocio y el enriquecimiento cultural a través de actividades muy divertidas para los niños.

Así pues, se preparó con mucho cariño y esfuerzo la escuela de verano “Un viaje por el mundo”. Doy gracias de corazón a José Joaquín, Julia, Chari, Marta, Loli, Alberto, Almudena, Miriam, Blanca y Maggie; porque gracias a su dedicación en la preparación, esta escuela ha sido un rotundo éxito.

Los niños no sólo han aprendido, sino que lo han hecho con interés y ganas. Lolín comentaba emocionada cómo un niño con muchos problemas académicos expresaba al final de la escuela de verano, que su sueño era seguir aprendiendo. Y, además, hemos tenido la oportunidad de visitar lugares tan interesantes como la Casa de la Ciencia y el Acuario de Sevilla.

Los días en que no había excursión, teníamos una rutina muy marcada que ayudaba a los niños a ubicarse y había tantas actividades que no les daba tiempo a aburrirse. Empezábamos con una oración dirigida por Loli, hermana Vedruna. Luego, mientras los mayores investigaban sobre el continente del día con vídeos y atlas interactivos, los pequeños trabajaban una dinámica sobre el valor que se había mencionado en la oración y después los grupos se cambiaban de actividad.

Tras una pausa para tomar fruta y juego libre por el patio, volvíamos a las aulas para tener un ratito de repaso escolar con tabletas y acabábamos el día con una manualidad relacionada con el continente que habíamos estado viendo.

Y si no era poco ya todo esto, los viernes salimos de excursión a la piscina. Sin duda el mejor broche para cerrar la semana. Era realmente donde los voluntarios creábamos más vínculo con los chicos y chicas, jugando con ellos y sacando el niño que todos tenemos dentro sin importar qué edad tuviésemos.

Gracias a todos los voluntarios que han regalado su tiempo a los niños del barrio y sobre todo a Lolín, que lejos de conformarse con lo que había, ha escuchado y atendido las necesidades que se presentaban este verano. Aunque acaba una etapa con nosotros, tendremos siempre muy presente su labor durante los últimos 3 años en este proyecto.

¿Con qué me quedo? Pues como cada año, con las sonrisas de los niños y el calor de sus abrazos que son vivo reflejo de la felicidad que experimentan esos días y del bonito cariño y admiración que sienten hacia los voluntarios. Porque el amor de Dios rebosa en el corazón de los más pequeños e inocentes.


 

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