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¡Adiós, Verónica! ¡Hasta siempre!



El sábado, 18 de diciembre, nuestra compañera Verónica Sangucho abandonó la casa de Cáritas Diocesana, el hogar de los pobres, para vivir eternamente en la Casa del Padre donde ellos son bienaventurados.

Verónica llegó a Sevilla procedente de Ecuador al final de la década de 1990. Diecinueve años antes había nacido en San Juan Bautista de Sangoloquí, “corazón del valle” de los Chillos, en plena región interandina, incluida ahora en el área metropolitana de Quito. Del 2000 al 2004 cursó la diplomatura de Trabajo Social en la Olavide con especialización en Marginación y exclusión social. En 2005 obtuvo en ETEA (Córdoba) el Master en Cooperación al Desarrollo y Gestión de Ong´s. Al mismo tiempo realizó diversos cursos relacionados con la exclusión social y en especial con colectivos migrantes. Su relación con Cáritas Diocesana se inició durante el periodo de prácticas universitarias como becaria en el Proyecto Nazaret. A lo largo de su vida estudiantil participó muy activamente en diferentes movimientos y actuaciones ligadas a la sensibilización social.

Acabada su formación universitaria, volvió a Ecuador para trabajar durante un año como técnica en desarrollo comunitario en el Proyecto de respuestas de multisectoriales al VIH, un programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, coordinando grupos de voluntariado de cara a la educación y sensibilización para el desarrollo. También trabajó como Auxiliar Técnico de Cofinanciación pública y privada en la Fundación Ayuda en Acción Ecuador

A su regreso a Sevilla en 2007 inició su trabajo en el Centro de Empleo de Cáritas Diocesana como Orientadora Laboral especializada en la atención y acompañamiento de personas migrantes. En ese mismo año funda su hogar familiar con Juan Miguel Rodríguez, que se completa e ilumina pocos años después con el nacimiento de Álvaro que pronto cumplirá nueve años. 

Desde entonces hasta hoy esa ha sido su dedicación profesional, primero en la sede de la calle Don Remondo y luego en el Centro Diocesano de Empleo de Palmete. Contaba, pues, con una excelente formación, una inicial rica experiencia y una buena dosis de entrega y vocación. Fue en esos primeros años de su trabajo en Cáritas cuando tuve el primer contacto con ella, ayudándole en un taller de formación grupal para empleadas de hogar: le preparaba materiales, confirmaba asistencias, ordenaba el trabajo, asistía en seguimiento laboral a las participantes… En esas sesiones pude admirar ya su enorme capacidad profesional y entrega personal a las decenas de participantes, en general mujeres de escasa instrucción y mayoritariamente inmigrantes, a las que no solamente enseñaba, sino que acompañaba realmente en su aprendizaje y esperanza de su inclusión en una vida laboral digna. Siempre recordaré la sonrisa abierta en su bello rostro de lejana evocación mestiza y el dulce tono criollo del habla de su tierra con el que se dirigía a aquellas mujeres.

Luego, a lo largo de más de dos lustros, pude ir advirtiendo en trabajos de mayor cercanía otras cualidades que la hacían especialmente querida entre todos nosotros, sus compañeros técnicos y voluntarios de Empleo: amable siempre, dispensadora de dádivas y recuerdos entrañables cuando volvía de Ecuador, observadora de la menor necesidad para prestar pronta y eficaz ayuda, cercana en las reflexiones y debates, absolutamente pulcra en sus maneras… Y, en todo momento, con la persona en el horizonte de su preocupación y trabajo.

Tuve también la suerte en algunas conversaciones, suficientemente densas, de comprobar dos elementos que definen aún más los factores de su vocación y profesionalidad. El primero es su preocupación constante por sus compatriotas - los compañeros de su “tierrita”, decía – participando en los movimientos asociativos ecuatorianos de España y Andalucía, incluso con un serio compromiso de participación de los migrantes en la política municipal de Sevilla. El otro ha sido su profunda y sentida fe en Jesús, el Señor, manifestada en su vida confesional y en su esfuerzo en el acompañamiento a los excluidos, los destinatarios prioritarios de su Reino. Los casi dos años que ha durado su enfermedad han evidenciado que su apasionado amor a la vida era compatible con la aceptación amorosa de la voluntad del Padre y la esperanza trascendente de la vida bienaventurada. En estos largos meses nos ha enseñado la fortaleza de la fe en medio de la adversidad.

Que nuestra Verónica descanse en la paz del seno del Padre y, como intercesora, nos eche una mano empujándonos a una mayor fidelidad en la tarea diaria de acompañamiento a los pobres y en la lucha por erradicar las causas de su exclusión.

Pedro Ruiz Morcillo

Secretario General de Cáritas Diocesana