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Diario, acontecimientos y relatos de inclusión social
Blog Al Encuentro • 26/02/20

Miradas perdidas que esconden historias

Aparcado en un banco de una descuidada plaza, esperaba Naim que se hiciera de noche. El final del día siempre era difícil. 

Blog Al Encuentro • 26/02/20
Miradas perdidas que esconden historias

Aparcado en un banco de una descuidada plaza, esperaba Naim que se hiciera de noche. El final del día siempre era difícil. 

Antonio Pérez

Aparcado en un banco de una descuidada plaza, esperaba Naim que se hiciera de noche. El final del día siempre era difícil. No como por las mañanas, que entre la búsqueda de ocupación y la ilusión de cada jornada por ganar algo de dinero, se soportaban mejor, pero al caer la tarde el tiempo empezaba a ir despacio, como si fuera a pararse.

Aunque esté con otros a su lado, es por las tardes cuando más fuerte nota la presencia de la soledad, sobre todo cuando ve a las familias salir por el pueblo a realizar labores de rutina diaria. Cada vez que ve a un niño, no puede remediar acordarse de los suyos. Si estarán bien, si estarán sanos, cómo les irá en el colegio, si será verdad todo lo que su esposa le dice, o si ella hace lo mismo que él, que sólo cuenta lo bueno para no preocuparla. Sólo tenían 5 y 3 años, cuando se fue, demasiado niños para entender muchas cosas.

Esos pensamientos aún le hacían más difícil soportar la espera hasta la noche. Aunque lo peor era pensar si se había equivocado, si merecía la pena vivir así, separado de los suyos, viviendo al margen de una sociedad que parecía no aceptarle. Se consolaba imaginando que cuando encontrara un trabajo estable podría reunir a la familia y vivir juntos, aunque pensaba que cuando eso llegara también podría ser demasiado tarde y ya los suyos igual no querrían venir, o que ya hubieran rehecho su vida; aunque eso también era difícil, porque seguían pasando necesidad y, claro, dónde iban a querer estar mejor que con su padre... Se consolaba pensando que, aunque a él no le iba bien porque le había tocado ser el primero de un largo eslabón humano que vendría tras de sí, sus hijos estarían mejor… o igual tampoco se sentirían de allí; pero sus nietos sí, esos seguro que sí, porque ya habrían nacido allí, con todos sus derechos, y, aunque él lo hubiera pasado tan mal, habría merecido la pena tanto esfuerzo…

En esas estaba, cuando recordó que aún no había abierto la carta que esa mañana recogió de la oficina de Correos. No la había querido abrir porque seguro que sería su esposa pidiéndole otra vez dinero. Ella no sabía nada de la situación en la que se encontraba, pues sólo le enviaba fotos bonitas para no preocuparla, y claro, ella no entendía por qué no colaboraba más con la familia, que seguía en su país pasando penalidades.

Por fin la abrió, dentro del sobre no había más que una foto de su familia, de los tres en la puerta de su casa el mismo día que se marchó. La foto estaba sucia, como si alguien la hubiera arrastrado por el barro. Tras limpiarla un poco vio que por detrás había algo escrito, decía así “Aquí tienes un poco de tierra de nuestra casa, para que te acompañe” y abajo del todo, junto al dibujito de un corazón, y con muy mala letra:

“Papá, ya sabemos escribir”.

Apretó los dientes para contener la emoción, guardó la foto en el sobre, y permaneció largo rato acompañado de su imaginación y sus recuerdos… hasta que otro día más, la noche le cogió en completa soledad.
 




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