Nuestras noticias
Este es su testimonio:
Una amiga me comentó un día que en la parroquia había un curso de manualidades y yo necesitaba hacer algo por las tardes que me entretuviera, así que me apunté. Comencé a venir todos los martes, hace ya dos años, y no he faltado ni un día. Llueve, truene o relampaguee, aquí estoy todas las semanas.
La chica del taller es encantadora, se preocupa por nosotras, sabe incluso hasta cuando hemos tenido un mal día, aunque no pregunta ¿eh? Ella no se mete, pero acompaña. Nos enseña muy bien y tiene mucha paciencia, claro, tantas mujeres juntas... (Sonríe).
No falto ningún día porque para mí, el taller se ha hecho imprescindible en mi vida.
He aprendido cosas que creía que ya, a mis 57 años, no iba a aprender. Hemos estado trabajando con periódicos, con cajas de madera, con alambres... Una vez hice un broche de alambre que terminé regalando a mi jefa ¡no veas lo que le encantó!. Aunque aparentemente son materiales que no tienen ninguna importancia y terminan siendo basura, con el taller he aprendido a valorarlos, a reciclar y a ser consciente de la cantidad de cosas que se pueden hacer con ellas.
Además es un espacio para convivir -aunque sea poco tiempo a la semana-, con vecinas con las que, a lo mejor, no tienes un trato cercano; y un espacio para compartir lo poco que tienes, unas tijeras, una bolsa, lo que sea.
Me gustó tanto que se lo fui diciendo a las mujeres de mi familia, y ahora vienen conmigo mis hermanas, mi sobrina y mis dos hijas. Mi sobrina, que tiene una pequeña discapacidad, también está encantada, y nosotras más. Ver cómo ella se ve capaz de hacer algo con sus propias manos, y la felicidad que eso le provoca, no tiene precio. Se ve útil, autónoma, y su autoestima mejora cada vez que realiza cualquier manualidad por sí misma. Eso, para nosotras, sobre todo para mi hermana, es un regalo que valoramos mucho.
De todo esto, lo más importante para mí es que, gracias a ‘Date un respiro’, tengo la oportunidad de desconectar de los problemas, del cansancio del trabajo y de la soledad de casa. Durante una hora y media estamos concentradas en lo que hacemos, nos reímos y nos llevamos incluso tareas a casa que nos mantienen también entretenidas.
Si Cáritas no tuviera este tipo de talleres, de proyectos... a la gente que participa en ellos le faltaría mucha vida.
Yo pertenezco a un barrio muy conflictivo, y quizás no nos merecemos mucho, pero es lo que más falta hace, talleres como estos. Vendrían muy bien, no sólo a gente mayor sino también a los jóvenes, que eviten que estén tirados en la calle; que las mujeres se sientan valoradas... Aunque sea para hacer punto nada más. No somos conscientes de lo que hace un taller como este a tanta gente. Reunirse, airearse, aprender, tratar con otros… a las mayores se le quitan hasta los dolores.
Mira, yo le agradezco a la Iglesia que mi hijo no esté metido en la droga o en la calle. Mi madre siempre decía: no es donde vivas, es cómo eduques a tus hijos. En la Iglesia encontré un sitio donde se sintieran útiles, se comunicaran con otros e incluso sirvieran a los demás. Mi hijo era monaguillo y se implicó mucho con la hermandad. A veces se quejaba porque sus compañeros se metían con él por eso... Hoy es militar, tiene su vida y aún echa de menos aquellos días. A mí este taller me ha dado vida, pero sé que hacen falta más para este barrio, y también necesitamos animar a nuestros jóvenes a que ocupen su tiempo en cosas buenas, como las que hoy a mí me aporta el proyecto “Date un respiro”.

