Nuestras noticias
Me encuentro con Abdalkarim Zahra en un campo de ayuda a los refugiados en Kanjiža, una ciudad serbia a tres kilómetros y medio de la frontera con Hungría. Entre dos y tres mil refugiados llegan aquí cada día de camino a Alemania, vía Hungría.
Cáritas está proporcionando ayuda de emergencia en éste y en otros dos campamentos de ayuda a los refugiados en el sur del país: en Preshovo -en la frontera con Macedonia- y en la capital, Belgrado. Al igual que decenas de miles antes que él (y muy probablemente cientos de miles tras él), Abdalkarim Zahra ha pasado por todos ellos.
En estos campamentos, Cáritas Serbia -con el apoyo de las organizaciones de Cáritas de EE.UU. (CRS), Alemania y otros países- está distribuyendo agua y líquidos, y proporcionando ayuda médica y apoyo legal. En Kanjiža, Cáritas ofrece incluso una instalación temporal para los refugiados y los migrantes con aseos y camas.
"En estos campamentos es donde me han tratado como ser humano por primera vez después de esas agotadoras semanas", dice Abdalkarim.
Salió de Siria porque no quería unirse al ejército nacional, que lo reclutó. "Deserté. Yo no sería capaz de herir y mucho menos de matar a nadie. Así que en el primer momento, sin avisar a nadie para no ser delatado, me fui a Turquía".
Esa era la primera de las muchas fronteras que tenía que cruzar. Le llevó dos años. "No podía permitirme el lujo de ir más allá. Vine a Turquía con nada más que la ropa que llevaba. Tenía que trabajar".
En Turquía encontró trabajo en una fábrica de zapatos, que le sirvió para ahorrar dinero durante dos años, trabajando doce horas al día, absolutamente decidido a ir a Europa, preferentemente a Alemania, donde "todo el mundo me dijo que la vida sería mejor".
Después de dos años viviendo como un ermitaño, con una una vida limitada a trabajar, dormir y comer, se unió a una caravana de refugiados en las fronteras del sudeste de Turquía, desde donde los traficantes de personas, a cambio de 1.500 dólares por pasajero, lo embarcaron junto a otras 34 personas en un pequeño bote de goma de 6 metros de largo.
"Al lado de nosotros viajaba otro barco del mismo tamaño con 60 personas. A las 4 de la madrugada vi cómo caían algunas chicos al agua, aunque gracias a Dios pudieron subir al barco de nuevo", recuerda.
A través de Grecia y Macedonia la comitiva se dirigió hacia el norte, en parte, a pie, en parte, en autobuses. Una comitiva unida por el destino, en la que nadie tenía más de lo que cabe en una mochila, cada cual con una historia demoledora que contar, una comunidad unida en el sufrimiento. "En medio de todo eso, todavía tuve que llorar al ver a una niña de tres años de edad llorando porque perdió su marioneta en el camino. Esta marioneta era lo único que pudo salvar de su casa en Siria ", cuenta. "Durante el viaje se aferraba a ella como a una especie de último recuerdo de lo que ella y sus padres habían dejado atrás. Perderla tuvo que ser para ella algo así como sentir que todo se acababa".
Abdalkarim jamás había oído hablar de Cáritas. "Desafortunadamente", dice, mientras le cuento que Cáritas está ayudando a los refugiados en casi todos los países , incluso en Siria. "¿También en Alemania?", pregunta. "Sí", le digo. Al escucharme, el hombre, que hace un momento se había definido como un "hombre acabado", esboza una sonrisa. "Gracias", dice, "es bueno saber que existe algo como esto".
Un autobús regresa al campo de Kanjiža a recoger a más refugiados para trasladarlos a la frontera de Hungria, un país desconocido para Abdalkarim. Es consciente de la valla que Hungría ha levantado en la frontera con Serbia y de la denuncia de casos de maltrato a los refugiados. Parece confiado, sin embargo, en llegar pronto a Alemania. Al menos en sus ojos hay un brillo de esperanza.

