Nuestras noticias
"Cuidábamos a los niños que venían a Damasco desde pueblos asediados", explica. "Habían presenciado cosas terribles. Estaban asustados, siempre. Nunca querían jugar. Tratábamos de ganarnos su confianza a través de juegos y charlando con ellos".
Ir a trabajar bajo el bombardeo era peligroso, pero siguió haciéndolo "porque amaba lo que hacía". Modar ya había tenido que abandonar sus estudios universitarios a causa de la guerra.
El segundo hogar de su familia en Homs, en el que pasaron tres meses durante el verano, había sido destruido por los bombardeos. La vida en Damasco también se estaba volviendo muy peligrosa. "Conocíamos a muchas personas que habían muerto o que habían resultado heridas", explica.
Puesto que la lucha se estaba intensificando, su madre y su padre empezaron a pensar en mandar a sus hijos fuera del país. "El fuego de morteros estaba volviéndose verdaderamente fuerte", dice Modar. "La situación llegó a ser demasiado peligrosa. Nuestros padres vendieron la casa de Damasco para pagar nuestro viaje. Querían que viviéramos. Nosotros queríamos un futuro".
Al menos el 20 por ciento de los 130 miembros del personal de Cáritas Siria (sin contar a los voluntarios) ha tomado la misma decisión y desde el 1 de agosto empezaron a salir de Siria.
El 1 de septiembre, los dos hermanos, junto con su hermana, se despidieron de sus padres. Pocos días más tarde se encontraban en un bosque cerca de Izmir, Turquía, en la costa occidental del Mediterráneo, donde esperaban cruzar el mar hasta Grecia después de haber pagado a unos traficantes.
"Estuvimos en aquel bosque durante tres días, durmiendo sobre el suelo embarrado", cuenta. Cada uno de ellos llevaba una mochila con agua, algo de ropa, algunos alimentos energéticos, como dátiles y chocolate, y sus papeles.
"Los traficantes eran despreciables", dice Tamador, su hermana. "Había muchos gritos y peleas entre ellos y otros refugiados. Mi hermano había sido scout, él sabía qué hacer. Sabía cómo enfrentarse a situaciones peligrosas".
Cada uno pagó 1300 dólares para cruzar en bote hasta Lesbos. "Daba mucho miedo", dice Tamador. "Partimos en pleno día. Había 43 personas en el bote. No había espacio. Una vez llegados a Lesbos nos sentimos libres; no precisamente felices, pero sí estábamos seguros".
El primer día, el 11 de septiembre, lo pasaron buscando un teléfono para llamar a sus padres y decirles que estaban bien. Pasaron una "helada noche al aire libre" a la que siguieron una noche en un hotel y 8 horas de ferry hasta Atenas.
"Cuando llegamos a Atenas nos invadió el pánico", cuenta Tamador. "Hungría había anunciado que el 15 de septiembre cerraría sus fronteras. Solo teníamos dos días para llegar allí".
Inmediatamente se pusieron en marcha hacia el norte, atravesaron Grecia, Macedonia y Serbia en autobús, tren y también a pie. Alcanzaron la frontera de Serbia con Hungría la mañana del 15 de septiembre. Llegaban demasiado tarde, la frontera se había cerrado.
"Dormimos dos noches en la frontera. Fue realmente horrible. No se podía dormir. Hacía mucho frío. La única ayuda que recibieron fue la de algunos voluntarios locales que les proporcionaron mantas. La gente gritaba y gritaba. Era escalofriante", dice Tamador. "En esos momentos, sentimos que estábamos acabados".
Se enteraron de que había un autobús que iba a Croacia y lo cogieron. "En la frontera de Croacia había muchos refugiados y migrantes y muy pocas personas ayudándolos. Aún así, las personas del lugar fueron realmente amables y nos dieron comida y mantas. Allí conocimos a una persona de Caritas que estaba echando una mano".
El viaje les estaba pasando factura: "Llevábamos tres días sin dormir. Fue muy duro y duele recordarlo". Cogieron un autobús a la capital croata y luego otro a lo que ellos creían que era Eslovenia. Pero en lugar de a Eslovenia los llevó a Hungría.
"Acabamos yendo a Budapest en autobús y luego en tren hasta la frontera con Austria", cuenta Tamador. "Caminamos 3 kilómetros a lo largo de la frontera. Había muchísima gente, un gran caos y mucho miedo. Afortunadamente nadie resultó herido aquel día".
Habían buscado y planificado su viaje por Internet y hablando con amigos. Su meta era Holanda. "Queríamos ir a los Países Bajos porque sabíamos que los holandeses son hospitalarios, que hablan inglés y que los trámites de registro son más rápidos".
Pasaron por Austria y Alemania, quedándose en campamentos de tránsito a lo largo del viaje. Tras 21 días en camino, llegaron a Holanda.
"Nos mandaron a un campamento de unas 3.000 personas, en el bosque, cerca de Nijmegen", explica Tamador. "Llevamos cuatro meses aquí. Se está muy mal. No hay privacidad. Hace frío. Las reglas son muy estrictas".
Los refugiados dependen de los voluntarios locales y dicen que son tratados muy duramente por las autoridades. "No hay nada organizado, ni siquiera clases de lengua, las cuales podrían cambiar significativamente la situación. Sin los voluntarios locales, que nos dan ropa y comida, estaríamos perdidos", dice.
Para Modar ha sido difícil pasar de ayudar a la gente a tener que ser ayudado.
"Al principio no podía aceptar ningún tipo de ayuda", dice su hermana. "Es difícil aceptar que eres un refugiado, que estás muy lejos de casa y en una cultura muy diferente, que ahora debes depender de los demás. No le deseo a nadie el experimentar lo que se siente siendo un refugiado".
Aparte de la identificación mediante huellas digitales, hasta la fecha todavía no se ha iniciado ningún trámite para que sean registrados.
"Modar tiene que trabajar, tiene mucho que ofrecer. Deberían haber visto cómo ayudaba a los niños", dice Tamador. "Sin embargo, sabemos que Holanda es un país pequeño y que hay un gran número de refugiados. Sabemos que debemos esperar".
Los dos hermanos y su hermana tienen sentimientos encontrados sobre el hecho de haber abandonado Siria. "Contentos de estar aquí, no contentos de estar en una tienda de campaña. Contenta de estar a salvo, pero no contenta de que mi país no esté a salvo", explica Tamador.
"Fue sensato venir. Mis padres deben venir también, pero la única posibilidad que tienen para hacerlo es pasar por el mismo viaje horrible. Me duele pensar que ellos tengan que experimentar ahora los peligros y adversidades por los que hemos pasamos nosotros durante 21 días".

