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La pequeña carretera que conduce hasta el viejo acuartelamiento de la Isla de las Palomas hace de división geográfica entre dos mares, el Mediterráneo a un lado y el Atlántico al otro, y te va ofreciendo un paisaje hermoso. Cada semana el panorama tiene su diferencia y su peculiaridad. Solo cuando hace mal tiempo y el mar está embravecido, el camino se ha hace un poco más incómodo. La isla es un hábitat con unas vistas impresionantes de la costa africana, un enclave perteneciente al Parque Natural del Estrecho. Pero cuando llego a la puerta del CIE, no acabo de acostumbrarme a esa fotografía. Las personas extranjeras encerradas dentro de dos patios enrejados, como una especie de grandes jaulas, y los policías fuera, en su función de vigilar y controlar. Allí perdidos, solos o en grupo, algunos apoyados en la reja, otros con la mirada perdida no se sabe dónde, gente joven, detenida y custodiada, como si hubieran cometido un delito o algo grave. Y tan solo son jóvenes trabajadores que buscan un futuro mejor para ellos y sus familias y no han encontrado otra posibilidad, tal vez porque no la hubo para ellos, que acceder o permanecer clandestinamente en España. Con una sonrisa voy deteniéndome para saludar a cada uno de los que están asomados a la reja, preguntándoles su nombre, su país, cómo están, si necesitan algo, y me guardo la rebelión que siento en mi corazón y en mi interior. Me pone mal cuerpo el camino que tengo que andar por delante de los dos patios, hasta llegar al módulo donde celebro. No me acostumbro a ver enrejados y detenidos a estos chicos y me parece una crueldad privarlos de su libertad y sus derechos solo por el hecho de no tener "papeles".
El módulo es uno de los antiguos barracones militares, adaptado para internamiento de los detenidos. Hay tres módulos y, en uno de ellos, nos reunimos un grupo de unas cincuenta personas. Allí se encuentra José María Pérez, voluntario del Secretariado de Migraciones, que acude todos los días al CIE. Busca un hueco en su trabajo de autónomo para acercarse diariamente a encontrarse con los inmigrantes, que acuden a él para todo tipo de cuestiones, pero sobre todo para resolver sus necesidades.
Durante dos horas hay tiempo para todo: saludar a los nuevos, ensayar cantos, confesar y escuchar problemas y dificultades, anotar recados para familias y amigos y celebrar la misa, siempre con mucha participación de todos. Son celebraciones llenas de alegría con el ritmo de los cantos africanos, al tiempo que se logra un clima profundo de oración, silencio y recogimiento. Siempre salgo reconfortado de este encuentro. Mis sentimientos encontrados: de una parte, la rebeldía e impotencia ante lo que considero injusto, inhumano y vejatorio, y, de otra, la humanidad y la cordialidad de unos africanos que no pierden la esperanza de alcanzar sus sueños. José María me cuenta que lo más le impresiona es la tristeza y el silencio que algunos viven durante sus estancia en el CIE. Un mundo de sufrimiento en la soledad de aquel recinto. Recuerda algunos casos, como el de Antony, un nigeriano que se pasaba todo el tiempo llorando desconsolado en el patio. El miedo de ser devuelto algún día a Nigeria le sumía en la tristeza y en el aislamiento.
Santiago Yerga, el abogado del Secretariado de Migraciones, también acude semanalmente al CIE desde que asumimos la tarea de informar de las garantías que establece el ordenamiento jurídico español en materia de protección internacional. El CIE de Tarifa era el que menor número de solicitudes de protección internacional presentaba, pese a ser el centro que asume el internamiento de personas que proceden de África y que, en muchos casos, huyen de los diferentes horrores que se producen en el vecino continente. Santiago me confiesa que no puede evitar pensar cómo se puede burocratizar el dolor y el horror que han sufrido muchas de las personas que atendemos. En nuestra mente está la dramática situación vivida el 5 de diciembre de 2014 por el grupo de inmigrantes que naufragó en las proximidades de Nador y que los dos atendimos en el CIE. Algunos que habían vivido la experiencia de ver cómo se les escapaba de las manos un hermano o un amigo y desaparecían en el mar, en menos de 24 horas ya estaban encerrados en el CIE, llorando en la soledad más inhumana el dolor de tan gran tragedia. Para ellos no hubo ni apoyo psicológico, ni medidas de atención personal y humanitaria para curar el dramático desgarro que habían vivido. Se convierte en un expediente administrativo no sólo la pesada carga que esas personas soportan, sino, lo que es peor, se esconde su dignidad en el rincón de una celda compartida en una isla que vive de espaldas a la sociedad, Nuestra misión: ser testigos del Dios de la misericordia, acompañando y escuchando las soledades y los silencios del CIE y defendiendo la dignidad de todas estar personas.

