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Este domingo celebramos la IV Jornada Mundial de los Pobres, una jornada instituida por el Papa Francisco en 2016 como culminación del Jubileo de la Misericordia. El objetivo de esta convocatoria, que se celebra cada año y en toda la Iglesia universal el último domingo del Tiempo Ordinario, es fortalecer el reconocimiento de los más pobres como una prioridad pastoral de la Iglesia. El lema nos invita a reflexionar, en esta ocasión, sobre el consejo del Sirácida de la mano tendida, con su aparente contrasentido simbólico en estos tiempos de obligado distanciamiento físico. «El signo de tender la mano -subraya el Santo Padre- es especialmente necesario en estos meses en los que el mundo entero ha estado abrumado por un virus que ha traído dolor y muerte, desaliento y desconcierto». Y contrasta -denuncia Francisco- «con la actitud de quienes tienen las manos en los bolsillos y no se dejan conmover por la pobreza, de la que a menudo son también cómplices».
En el mensaje publicado con motivo de la conmemoración, el Papa anima a la Iglesia a permanecer «en primera línea, siempre y en todas partes, para darles voz [a los pobres], defenderlos y solidarizarse con ellos, e invitarlos a participar en la vida de la comunidad». Y exhorta a la comunidad cristiana a la experiencia de la misericordia, como una razón de sentido que «condiciona la autenticidad de la fe que profesamos». «La finalidad de cada una de nuestras acciones -nos recuerda- no puede ser otra que el amor. Este amor es compartir, es dedicación y servicio, pero comienza con el descubrimiento de que nosotros somos los primeros amados y movidos al amor».
En el contexto de esta «segunda oleada» de la epidemia que venimos padeciendo, esta «invitación a la responsabilidad y el compromiso directo de todos aquellos que se sienten parte del mismo destino» se presenta también para nosotros como una buena oportunidad para recordar algunas razones de nuestro compromiso.
Coronavirus, vulnerabilidad y precariedad
Desde su desencadenamiento en el mes de marzo, la grave crisis sanitaria y social de la COVID19 ha repercutido en los equipos y servicios de Cáritas con un dramático incremento de la presión asistencial. Las condiciones de confinamiento y distanciamiento social, obligadas para la contención de la epidemia, han supuesto también un enorme impacto en la experiencia de nuestros grupos, que han visto limitadas sus posibilidades de acción y ayuda justo en un momento de demanda creciente y desesperada.
«Que algo como esto se desencadene de un día para otro lo hace todo muy dicíl. Al día siguiente de decretar el estado de alarma, el teléfono se caía. Familias, mujeres, personas mayores, personas en la desprotección más absoluta, unida a la incertidumbre que vivíamos todos». Con estas palabras describe la coordinadora general de Cáritas Diocesana, Victoria Martín, el comienzo en la institución de este «momento COVID» que, desde hace ocho meses, nos arrastra a nivel global, llevándose vidas, desgastando haciendas, desdibujando seguridades y desbaratando proyectos. En el mes de junio, durante la tregua relativa que ahora parece desvanecerse, Cáritas Diocesana cuantificaba en un 35% el incremento de la demanda de ayuda, con picos del 60% en zonas como Tres Barrios-Amate, Polígono Sur, Torreblanca o Macarena Norte, y con algunas Cáritas parroquiales que llegaban a duplicar el volumen de las ayudas.
Para Pilar Galindo, responsable técnica de Acompañamiento al Territorio de Cáritas Diocesana, «nuestros equipos ya eran testigos directos antes de la epidemia de las situaciones de precariedad y vulnerabilidad de buena parte de los hogares en la provincia de Sevilla, muchos de ellos sin ingresos económicos para hacer frente a las necesidades más básicas de la vida diaria». «En realidad -añade-, el coronavirus se ha recombinado con los "virus preexistentes" de la vulnerabilidad y la precariedad, con consecuencias socialmente devastadoras». Y, en esta dinámica, los equipos de Cáritas se han visto obligados a atender, junto a las personas y familias que acudían habitualmente a los servicios de acogida, a otras que habían sido atendidas en años anteriores pero ya no necesitaban ayuda y a muchas otras que nunca antes habían necesitado nuestra ayuda.
«Calmar un llanto desde la distancia social»
El impacto de la crisis sobre la institución no se resume, sin embargo, en los datos de la presión asistencial. Además -sobre todo, podríamos decir-, la labor se ha visto duramente repercutida en sus propias condiciones materiales y metodologicas. «De pronto, un día -explica Victoria-, se anula toda nuestra metodología, que es precisamente de cercanía y tiene mucho de encuentro físico, de dar la mano y de mirar a los ojos, o sea, todo lo contrario del distanciamiento y del confinamiento». «El desgaste emocional del voluntariado ha sido también muy grande, porque los voluntarios saben que no todo se soluciona con una ayuda económica, sino que son necesarios el apoyo y la cercanía», sostiene. «Los voluntarios han vivido situaciones de sobrecarga, estrés, frustración, desgaste e incluso conflicto, al no poder responder a la demanda», incide Pilar.
José Ignacio del Rey es voluntario del Proyecto Lázaro, de la parroquia de San Sebastián, dedicado a la atención de personas sin hogar en la zona del Porvenir. «Los días del confinamiento de marzo -recuerda- nuestros corazones miraban a la calle pensando en ellos. De hecho, al salir al supermercado, intentábamos pasar por los lugares que frecuentaban y, al no verlos, nos imaginábamos cómo estarían en los albergues habilitados para esos días, en esa situación tan difícil e insegura». En el mismo sentido se pronuncia José Mula, del Proyecto Nazaret, dedicado a la acogida y acompañamiento de personas migrantes: «Durante este tiempo hemos pensado mucho en el migrante del semáforo y en el de la manta, sin saber dónde estarían».
También lo explica con rotundidad Mari Ángeles Rodríguez, de la Cáritas Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, de Mairena del Alcor: «Nuestras Cáritas se han visto muy afectadas en el modo de actuar. La palabra acogida pierde gran parte de su carga emocional si no podemos transmitir mano a mano, piel con piel, el afecto. Podemos dar un plato de comida, dejar una bolsa de alimentos en la puerta de una casa, pagar un recibo de la luz o un recibo de alquiler, podemos rezar, asistir a misa, leer el Evangelio, oir al Papa, pero ¿qué hay de la esperanza? ¿Cómo la transmito sin un abrazo, sin un beso, sin un tender la mano? ¿Cómo calmo un llanto? ¿Cómo espanto un miedo? ¿Cómo protejo a alguien desde la "distancia social"?».
«La misericordia no se improvisa»
Bajo el lema «La caridad no cierra», adaptado como hashtag en las redes sociales, los equipos y servicios de Cáritas han ido reaccionando desde el primer momento a las dramáticas circunstancias de la epidemia, sobreponiéndose a la incertidumbre, al miedo, a las condiciones impuestas y también a las importantes dificultades de partida, como la edad del voluntariado, el tipo de instalaciones, las dificultades en el manejo de algunas tecnologías o las dinámicas de trabajo. «Hemos tenido que trabajar mucho, pero no hemos tenido que improvisar», subraya Victoria. «En todos los niveles se ha intentado atender a todas las personas que han necesitado nuestra ayuda. Esto ha sido una prueba de estrés para la organización, pero hemos podido contrastar la fortaleza de los cimientos y del trabajo de base, de presencia en el territorio, de análisis, de propuesta».
«Los equipos se han organizado para seguir atendiendo las necesidades básicas de personas y familias -explica Pilar-». «Se han flexibilizado criterios o requisitos para intentar agilizar las respuestas y la atención de cada caso, se han articulado nuevas formas de atender... Todo ello en un contexto generalizado de gran incertidumbre y, en ocasiones, en el caso del voluntariado con una edad avanzada, asumiendo riesgos personales para la salud». «En este momento -añade- las Cáritas parroquiales van retomando su actividad, con un voluntariado motivado y con ganas de continuar el acompañamiento a personas y familias».
«Hoy la inseguridad es nuestra: ¿cómo atajamos esta nueva ola que conlleva nuevas restricciones en nuestro día a día?», se pregunta José Ignacio. «Necesitamos confianza, decisión, amor y oración, mucha oración». «Se dice que se está produciendo en la sociedad una "fatiga emocional" importante que lleva a la desilusión», advierte Mari Ángeles. «Como escribe el Papa, "la vida está entretejida de actos de respeto y generosidad”, que son las pequeñas cosas en las que somos expertos, como nos enseña el Señor. Los voluntarios de Cáritas somos expertos en lo pequeño, tenemos que trabajar para hacer del mundo un lugar amable, sin agobiarnos tanto por el macromundo, por la magnitud de la dificultades». «En estos tiempos difíciles, dificilísimos, en que está viviendo todo el planeta, vivir con esperanza es del todo necesario. Insuflar esperanza a nuestro prójimo es un acto de caridad al que el voluntario de Cáritas está llamado más que nunca», añade.
«Hacer y hacer con amor»
«Es tiempo de no dejar de hacer, pero es más importante y fructífero hacer con amor. Es el amor lo que marca la huella de nuestros actos». Las palabras de Mari Ángeles nos sitúan con toda lucidez frente a algunos de los riesgos del momento, que, como casi siempre, se deslizan bajo el velo del activismo. «Esta crisis sanitaria y social nos ha devuelto de forma masiva y natural a unas tareas de ayuda material -advierte Victoria-, pero nuestra acción no se reduce a la entrega de alimentos o al pago de recibos. Hay que prevenirse contra los pasos atrás y no naturalizar como permanentes estas soluciones y métodos de emergencia». «Es evidente -apunta también José- que no podemos bajar las manos ante esta realidad, pero debemos entender que corremos el riesgo de tender la mano al pobre para seguir dejándolo como pobre, para que nunca salga de su situación, para que siga incluso engordando mi ego altruista». «La misericordia -subraya- debe ser inteligente y liberadora, hacernos más personas a todos, al que da y al que recibe». En el mismo sentido se pronuncia Pilar, para quien «debemos precavernos frente al riesgo de involución a una atención meramente asistencial, centrada en facilitar alimentos de manera urgente como único objetivo, dejando de lado la promoción, el acompañamiento, la escucha». Y añade: «Y también frente los discursos regresivos sobre la atención preferente de algunos colectivos sobre otros, sin ninguna valoración de sus necesidades".
«Tender la mano es un signo de proximidad, solidaridad y amor»
«Solo nos conocemos en la interacción con el otro, y somos interdependientes, y nos necesitamos unos a otros para ser en sociedad», asegura Pilar. «Con la pandemia -afirma Mari Ángeles- todos hemos pasados a ser pobres, mas dependientes los unos de los otros. Reconocerse pobre es un instrumento para reconocer a los pobres».
«La mano tendida al pobre la entiendo desde ahí, desde un profundo sentido de saber que todos, en cualquier momento, podemos estar en la misma situación de la persona a la que queremos tender la mano. Y que tenemos la misma dignidad aunque en este momento vital estamos en situaciones diferentes», asegura José. «Muchas veces nos cuesta entender que los pobres no son alguien a quien ayudar, extraño, lejano, fuera de mi, pero que me deja en el mismo lugar y no cambia nada en mi».
Para Pilar, «no siempre damos la posibilidad a los pobres de hablar de sus situaciones, no siempre somos capaces de escuchar qué quieren, por qué luchan, cuáles son sus sueños, preferimos centrarnos en darles lo que nosotros creemos que necesitan, en aconsejar cómo gobernar sus vidas, desde nuestros criterios, esquemas, posibilidades, sin pararnos a pensar, cómo se sienten ellos, cómo ven que pueden salir de su situación, qué necesitan de mí, para que pueda conseguir construir su vida».

