Nuestras noticias
La inmigración de muchos miles de personas a toda Europa y especialmente a nuestro país a lo largo de los últimos años, se ha convertido en un serio problema debido a las difíciles condiciones de vida que están sufriendo muchos hermanos nuestros. Salieron un día de su país (tras tomar la decisión más difícil de sus vidas), teniendo que dejar atrás a su familia, su hogar, sus raíces y jirones de su corazón. Pero no tuvieron más remedio que hacerlo para poder sobrevivir ellos y enviar ayuda a sus familias. Vinieron buscando una vida mejor, pero en la mayoría de los casos, las cosas se torcieron y se encontraron con un mundo muy distinto al que soñaron. Debido a muchas circunstancias y especialmente a la crisis terrible que estamos viviendo, se han ido encontrando muchos de ellos sin trabajo, sin permiso de residencia y hasta sin un techo donde cobijarse. Si el trabajo se ha convertido en un problema para varios millones de españoles, podemos imaginarnos que más difícil todavía lo tienen nuestros hermanos extranjeros. Por todo ello, la Iglesia, más que nunca tiene que ser “casa que acoge”. El mandato del Señor es claro: “Fui forastero y me acogiste” (juicio final en Mt25). Y los cristianos estamos llamados a acoger a nuestros hermanos, no importa cuál sea su origen. (En este sentido me gusta recordar que la Iglesia fue la primera institución en la que “no hubo extranjeros”, pues cualquier bautizado de cualquier lugar del mundo cuando llega a una comunidad cristiana llega a su casa). También el Plan Pastoral Diocesano nos aporta luz en su mismo título “La parroquia como casa de la familia cristiana, casa del pueblo de Dios”. Pero la llamada del Señor a acoger va aún más lejos: tendremos que acoger a todos vengan de donde vengan sean o no cristianos. En este sentido desde nuestra Delegación se organizó el curso pasado una oración desde, con, por y para los inmigrantes y para todos los que quisieran unirse a ella. Y vieron, que como la realidad era plural, había que dar una respuesta plural: los inmigrantes que viven en Sevilla son de distintas religiones. Por tanto la oración tenía que ser interreligiosa. Y se celebró y fue enriquecedora para todos y muy bonita.

