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Luis, camarero de 49 años, fallecido en accidente laboral -ni conocido ni reconocido- la pasada Semana Santa. La falta de respuestas, la desatención, el miedo, el silencio y la soledad de Ana, su mujer. Los siete obreros muertos en accidente de trabajo durante los últimos diez días en Andalucía: en Puente Genil, en Algeciras, en Villamartín, en Pedrera. El colombiano Alex, muchacho migrante en el Aljarafe, jornalero del campo, rescatado por solidaridad del submundo deshumanizado, desmoralizado y desvergonzado de la explotación laboral. Ellos -y cientos, miles, millones como ellos- fueron el centro de la vigilia de oración celebrada este viernes
Son algo menos de un centenar de personas las que responden a la nueva convocatoria de la Acción contra el Paro y se dan cita en esta tarde noche de veranillo sevillano para marchar y rezar contra «las lacras de la precariedad y la siniestralidad laboral». No son muchas, ciertamente, «una pastoral de frontera, de salida», como recordaba el delegado diocesano de Pastoral Obrera, Diego Márquez, en la reciente entrevista publicada aquí mismo. Y como también significa en su homilía el sacerdote José Joaquín Castellón: «Las cosas del Reino, las cosas que son de Dios tienen la lógica de la semilla, no la lógica del poder de este mundo». Entre los asistentes cuentan militantes de la HOAC y la JOC, religiosas de congregaciones radicadas en barrios periféricos, responsables de Cáritas Diocesana, como Mariano Pérez de Ayala y Pedro Ruiz Morcillo, y también algunos sacerdotes, entre los que podemos identificar, junto al mencionado párroco de San José Obrero, a Salvador Diánez, Antonio Godoy, Leonardo Sánchez, Pepe Blanco, Pepe Mairena y Francisco Ortiz, que se suma a la vigilia como párroco anfitrión.
Convocados, primero, para marchar en silencio desde la Plaza de Cuba, la «frontera» -no tan simbólica- resulta ser en esta ocasión la calle Asunción, abarrotada por las tropas infantiles del Capitan Spriki, que narra sus aventuras, más una legión de músicos, predicadores, convocantes, paseantes y descansantes, y hasta una cruz alta bien plantada. Entre ellos se va abriendo paso el grupo con su pancarta, «Un trabajo decente tiene que ser un trabajo saludable», lema de la Jornada Mundial por el Trabajo Decente, que sorprende a no pocas personas, a juzgar por sus gestos, hasta doblar finalmente por Virgen de Loreto en dirección a la parroquia: «Puede parecer rara la elección del barrio, considerado pudiente -aclara alguien en algún momento-, pero la verdad es que aquí no faltan personas necesitadas de trabajo ni trabajadoras precarizadas, como tampoco falta solidaridad».
Allí, en el corazón de Los Remedios, antes de bajar a la cripta del templo, donde tendrá lugar la vigilia, Miguel Carbajo y Lilián De Martino, militantes de la HOAC y la JOC, dan lectura al manifiesto de la jornada: «Denunciamos la situación de precariedad de muchas personas en nuestro país y denunciamos la siniestralidad laboral, que aumenta, en lugar de disminuir». «Seguimos demandando un trabajo en el que no sufra nuestra salud, la implantación y el cumplimiento de los medios de prevención de riesgos laborales». «Pedimos un compromiso político por la promoción del trabajo decente que evite la exclusión y la precariedad».
La oración, dirigida por Joaquín Castellón, invitado para la ocasión por el vicario episcopal de Pastoral Social, Salvador Diánez, que le acompaña en alba litúrgico junto a Antonio Godoy, es presentada por Diego Márquez: «Este 7 de octubre, las organizaciones que formamos parte de la iniciativa Iglesia por el Trabajo decente y la Acción conjunta contra el Paro, unidas a todos los trabajadores y trabajadoras del mundo, celebramos la Jornada Mundial por el Trabajo Decente con el objetivo de reivindicar el trabajo decente como derecho. Porque el trabajo, a menudo ausente o precarizado, es el gran tema, medio imprescindible para el reconocimiento de la sagrada dignidad de las personas».
Enmarcada en las lecturas del libro del Éxodo -«He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas»- y el Evangelio según san Mateo -«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados»-, la oración discurre entre reflexiones, silencios, cantos, plegarias y la presentación de algunos testimonios, desgranados por el hoacista Javier Albarreal: «Cuando un accidente de trabajo llega a la vida de las personas, cambia en segundos su transcurso vital, a veces sobre situaciones de abandono, carentes de humanidad, a veces silenciados, a veces sometidos a esperas judiciales de diez o doce años».
Son testimonios que «desgarran el corazón y desgarran nuestra conciencia humana y cristiana, y se van repitiendo terriblemente una y otra vez», lamenta Joaquín Castellón, que exhorta, sin embargo, «a animar la fe y el compromiso en esa lógica de la semilla, que se tiene que pudrir para dar vida, y fue la lógica de Jesús». En su homilía, el sacerdote recuerda también cómo «la historia de la salvación parte de momentos de silencio, de adoración, de contemplación, como así queremos que sea esta tarde, para que el silencio impulse la historia de la salvación en cada uno de nosotros y en nuestra diócesis». Con la esperanza al fondo: «De los análisis sociológicos no nace esperanza, sino del amor. No cedamos a la tentación de desesperar, porque la desesperanza es un pecado contra una virtud teologal, un pecado que mata, un pecado mortal».
Presentando al Señor «a todas aquellas personas que están sufriendo el paro, la injusticia, la precariedad laboral y la explotación en el trabajo», implorando «respuesta para sus justas reivindicaciones» y «corazones solidarios para cada uno de nosotros», la oración concluye, cercanas las nueve y media, con el canto del Magnificat.
La Acción Contra el Paro, convocante de la vigilia, es una iniciativa conjunta diocesana de las delegaciones de Pastoral Social, Migraciones, Obrera y Penitenciaria, Cáritas Diocesana y diversos movimientos eclesiales que trabaja desde 2015 en la línea de la concienciación eclesial y social frente a la lacra del desempleo.
Por su parte, la Jornada Mundial por el Trabajo Decente, convocada por la Confederación Sindical Internacional (CSI), se celebra desde 2008 cada 7 de octubre como eje de movilizaciones por los derechos y garantías laborales. En mayo de 2015, Cáritas, CONFER, HOAC, Justicia y Paz, JEC, JOC y otras 70 organizaciones católicas firmaron la declaración «Iglesia unida por el trabajo decente», en sintonía con las palabras del papa Francisco sobre el trabajo y su dimensión antropológica: «No hay peor pobreza material que la que no permite ganarse el pan y priva de la dignidad del trabajo».

