Nuestras noticias
Texto: Joaquín Cano.
Rafaela Ríos Garrido es voluntaria del proyecto Lázaro, de la Cáritas Parroquial de San Sebastián, dedicado al acompañamiento de personas sin hogar. Rondeña, de 62 años, está casada y tiene dos hijos y dos nietos. Además, es funcionaria y colabora desde hace más de una década en tareas de la pastoral parroquial. Aprovechando la estela de la reciente conmemoración del Día de las Personas sin Hogar hemos querido charlar con ella y acercarnos a la experiencia de una voluntaria en uno de estos proyectos, aunque, a la postre, resulte realmente imposible condensar en unas pocas páginas la riqueza y la hondura de sus respuestas a nuestras preguntas. «No te pregunto de qué equipo eres porque no te veo cara de futbolera», le digo. «Nada, nada, nada ─me responde─: pasear por el monte, por el campo. A mí lo que más me gusta en el mundo es coger espárragos, espárragos trigueros, de los que salen por Semana Santa».
─Eres feligresa de la parroquia de San Sebastián. Háblanos, si quieres, de tu trayectoria religiosa, de fe...
Siempre he sido una buscadora: de lo espiritual, de la trascendencia, de la solidaridad, incluso a través de la meditación. He recibido una educación religiosa y mi máxima en la vida ha sido siempre ser una buena persona, pero la verdad es que, durante muchos años, prácticamente desde mi juventud, la Iglesia no fue para mí algo importante, apenas de acercarme en los malos momentos y poco más. Un día, sin embargo, cayó en mis manos un libro de Santa Teresa y, curiosamente, durante las vacaciones de ese año conocí a una señora con dos hijas carmelitas en el convento de San José, en Ávila. En aquel momento, el corazón me dio un vuelco, pero ahora puedo decir que ese hecho cambió mi vida. Aquel año, en noviembre, por mi cumpleaños, mi marido me regaló un viaje a Ávila, que incluía una visita al convento de San José para conocer a las dos hermanas. Ellas me regalaron un buen rato de su tiempo y hablamos a través de esas dobles rejas, un gran obstáculo que desaparece cuando la conversación fluye y percibes su sonrisa, su dulzura, como si estuviesen sentadas conmigo en aquella pequeña mesa camilla de la sala. Aún hoy no sé qué pasó en mí, lo cierto es que viví una conversión, no tiene otro nombre. Mantuve el contacto con ellas por carta, como si me escribiera con Santa Teresa (sonríe), que se convirtió en mi intercesora y me movió a conocer y enamorarme de Jesús de Nazaret.
─¿Y en la parroquia?
Pues pocos meses después de aquello me detectaron cáncer de mama que, aunque con muchísimo miedo, creo que fui capaz de afrontar con una visión diferente. Y, como cada día iba recibiendo lo que necesitaba, un día, de vuelta del Virgen del Rocío, entré en nuestra parroquia y estaba celebrando misa un sacerdote de los Padres Blancos, misionero en África durante mucho tiempo, que hablaba sobre el amor. Desde ese momento, la Iglesia empezó a tomar en mí un sentido diferente, aunque es largo de contar. Así empecé a ir cada día y a sentirme acogida. Y así me integré también como voluntaria. Esta parroquia tiene eso de maravilloso: saca lo mejor de cada persona.
─¿Qué labor realizabas allí?
Estuve en catequesis de niños de primera comunión, colaborando con una asociación de personas mayores del Porvenir y en Cáritas. En Cáritas, al principio, en atención primaria, hasta que en el año 2013 se formó el proyecto Lázaro.
─Fuiste del primer voluntariado del proyecto.
Sí, empecé con gente joven y con seminaristas, de los que guardo unos recuerdos maravillosos. Con Sixto Martín, que era el director de Cáritas, y don Isacio, el párroco, que nos lideraron. Y, con la ayuda del Señor y la ilusión de todos, nos pusimos en camino, hasta hoy.
─¿Qué importancia tiene el proyecto en la parroquia?
Es un pilar muy importante. El proyecto y, en general, Cáritas. La pastoral de la parroquia es muy amplia, la forman muchos grupos y Cáritas es uno de sus pilares principales.
─Cuéntanos un poco cómo funciona.
Lo principal, como en otros proyectos similares al nuestro, es la entrega de las personas que lo forman, que siempre están ahí, en camino, dispuestas para lo que haga falta, con buen tiempo y con mal tiempo. Nuestro proyecto tiene un coordinador, para su gestión. Tiene una trabajadora social, Beatriz, que es como el alma, llena de fuerza, de energía, de sabiduría. Conoce todos los recursos y los entresijos de la administración, sostiene a las personas sin hogar sin paternalismos, a veces exigiendo, a veces acompañando, asesorando y repartiendo cariño… Los voluntarios se reparten entre la acogida, los acompañamientos y las rutas, según la disponibilidad de cada uno. Hay tareas de mañana, normalmente las acogidas y acompañamientos (a médicos, centros, albergues, documentos…) y las rutas, que se hacen al caer el día, por parejas siempre, mínimo dos personas, porque a veces tiene sus dificultades, como todo. Una sale hacia Bami y la otra hacia San Bernardo.
─¿Y qué es lo que hacéis en la ruta?
Salimos al encuentro de las personas sin hogar. Llevamos caldo calentito y mantas en invierno, y en verano gazpacho o zumo... Pero el sentido de la ruta no es ese, sino generar vínculos con estas personas. Vínculos que puedan servir para que vengan a la acogida, para que sepan que estamos aquí, como punto de partida de una relación de ayuda. Cuando existe ese vínculo saben que pueden venir a nosotros si tienen una necesidad. Se les orienta para usar los recursos, para ir a centros de acogida, se tienden puentes para que puedan salir de su difícil situación. Y, como fin último, acercarles a Jesús.
─¿Cómo es la realidad del sinhogarismo, de las personas sin hogar en esta zona?
En el día a día es variable lo que podemos encontrar, porque van cambiando de zona y son muy itinerantes. Hay veces que salimos y no vemos a nadie. Pero siempre buscamos, estamos pendientes. Suelen estar donde hay más gente para ganarse su dinerito: en la puerta de las iglesias, supermercados, zonas de paso… Hay más hombres que mujeres, tanto españoles como extranjeros. Son, en general, en esta zona, personas muy machacadas por la droga y el alcohol, con un deterioro físico y mental muy importante. Muchas de estas personas tienen deteriorada o incluso poco educada su fuerza de voluntad. Y muchas veces son personas adaptadas a esta situación que, aunque suene duro decirlo, se ha convertido en un modo de vida. Son supervivientes de la vida.
─¿Cuáles son las necesidades más apremiantes?
Normalmente, al principio, no quieren nada. Agradecen tomar el zumo, gazpacho o caldito que les ofrecemos y poco más. Poco a poco, a través de la conversación, sin prisa ni pausa, intentamos generar vínculos. El segundo paso es tratar de que vayan a la acogida. Y ahí, Beatriz y los voluntarios que están con ella empiezan a conocer realmente sus necesidades y orientarles en ellas.
─¿Y cómo se ayuda a estas personas?
¡Es tan difícil ayudar! ¡Es tan fácil dar un euro y es tan difícil ayudar! Recuerdo la primera vez que visité el Centro Amigo, sería en 2014. En aquel entonces el centro llevaba unos años en funcionamiento y nos dijeron que, en realidad, solo una persona había salido de la calle... Eso sonaba muy duro, aunque ahora lo entendemos mejor. Hemos acompañado a personas que iban avanzando y, de pronto, en una mala gestión, en un mal momento, todo se derrumba de nuevo. Es muy duro. A veces nos sentimos vulnerables al no saber cómo ayudar de forma más resolutiva. Pero al final pienso que ayudar es esto, generar un vínculo que pueda servir para encauzar las situaciones a profesionales que puedan hacer algo por mejorarlas. Un trabajo de infinita paciencia, de cariño, de tolerancia, no de enjuiciar a las personas. Ayudar es ofrecer a Cáritas como medio o como paso para que sepan que estamos aquí, que no están solos, para que no se sientan abandonados
─¿Cómo ha ido cambiando tu forma de ver a la personas sin hogar?
La ruta me ha enseñado a abajarme, como decía Santa Teresa. Me ha hecho pasar del miedo, de agarrar el bolso, a verlas como a cualquier persona, como a cualquier hermano, como a Manoli, Antonio, Pedro o Juan. De igual a igual, de verdad, sin paternalismos. Al principio también te proyectas angustiosamente en su situación, pero después entiendes que, en realidad, ellos tienen una forma de vivir. Son más vulnerables que yo en muchos sentidos, pero también son mucho más fuertes en otros. Y bueno, en acogida y en los acompañamientos es cuando realmente nos conocemos, cuando comienza la confianza y se quitan las barreras, como en cualquier relación.
─No parece que determinadas reacciones sociales de rechazo ayuden mucho.
En cierto modo hay que entenderlas y se producen por desconocimiento, como cuando yo agarraba el bolso. A veces, además, muchas de estas personas tampoco muestran mucho interés por las reglas de convivencia. Sin embargo, algunos que llegan de fuera nos dicen que España es uno de los países más solidarios que conocen. Y creo que es precisamente ahí donde se plantea un problema importante: que somos muy solidarios pero no sabemos ayudar. Esa solidaridad nos tendría que educar o enseñar a no dar al euro. Nosotros nos prohibimos dar dinero, nos obligamos a encauzar a las personas, que vayan a la acogida...
─Eso también es muy difícil, Rafaela.
Ya lo creo (risas). Yo misma muchas veces, si estoy sentada tomando algo y llega alguien pidiendo dinero, me pongo a temblar y no sé qué hacer.
─¿Hay algún momento especialmente significativo en esta trayectoria, bueno o malo?
Uno de esos momentos especiales fue cuando Miros, un checo al que habíamos acompañado durante los cinco años que estuvo plantado en un banco cerca del campo del Betis, entró en Centro Amigo. Fue compartir una alegría de todos los que le conocíamos y los que no por haber conseguido algo tan, tan importante.
─El otro día, en los jardines de la parroquia, me pareció ver pequeñas cruces plantadas a los pies de la Virgen con los nombres de personas que supuse que estaban relacionadas con el proyecto, aunque no pregunté...
Si, ahí está toda la gente que se nos ha ido muriendo, porque hemos enterrado ya a unos pocos.
─ ¿Y cómo abordáis ese momento?
Pues igual que cuando se nos muere alguien querido, un conocido, alguien con quien has compartido muchos momentos y a quien aprecias. Tienen su funeral de recuerdo, de reconocimiento. Tienen un lugar en nuestra parroquia, donde nos paramos nosotros y cualquier feligrés. Sus vidas han sido duras, pero no han estado solos y ya descansan en la Paz de Dios.
─El lema de la campaña de Cáritas de este año es «Abrimos camino a la esperanza». ¿Qué puede significar este lema ante esta realidad tan difícil, tan descarnada?
El lema es muy bonito. Lo de la esperanza es otro planteamiento que yo me hacía al principio. Siempre me he sentido agradecida y me preguntaba qué podían agradecer y esperar estas criaturas. Pero sí, claro que tienen qué esperar y por lo que estar agradecidos a Dios, también por proyectos como el nuestro y por toda la gente que se preocupa por ellos… A otro nivel pienso en este trabajo que no se sostiene en la eficacia, en los resultados, en los objetivos planteados, ni en el juicio de las personas, porque Jesús no iba preguntando si tú hiciste esto o tú lo otro. Sólo en estar y estar y estar, en ir todos los días, en confiar y en no dejar de esperar.

