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Nuestra Cáritas • 15/12/24

Donde las familias inmigrantes son una buena noticia

Cáritas Parroquial de San José Obrero, en San Juan de Aznalfarache

Nuestra Cáritas • 15/12/24
Donde las familias inmigrantes son una buena noticia

Cáritas Parroquial de San José Obrero, en San Juan de Aznalfarache

[Publicada en Boletín 95]
Texto: Joaquín Cano.
 

De modesta arquitectura, la iglesia de San José Obrero está ubicada en el corazón del Barrio Alto de San Juan de Aznalfarache. Fue edificada en 1969, tras la erección canónica de la parroquia unos años antes, para atender a su entonces emergente feligresía. La geometría sencilla de su fachada, apenas adornada por un mosaico cerámico de San José, «el humilde obrero de Nazaret», se integra en su entorno normalmente ─cabría decir─, a la vista del mercado y el bloque de pisos que la flanquean. Su interior, igualmente sencillo y cuidado, está presidido por el Santísimo Cristo de la Misericordia, tallado en madera por Francisco Buiza con notable mérito artístico, que se alza en el ábside para la devoción popular y el aprecio de la buena imaginería religiosa.

El Barrio Alto es resultado del ensanche urbano de San Juan como servidumbre metropolitana de la ciudad de Sevilla. Su desarrollo urbano más significativo se inició en la década de los cincuenta del siglo pasado con la autoconstrucción de unos primeros núcleos de viviendas, a las que fueron sumándose, durante las tres décadas siguientes, gran cantidad de promociones colectivas que recibieron a una población diversa de familias foráneas, en general excedentes residenciales de Sevilla y otros lugares: realojadas, chabolistas, desalojadas, campesinas o retornadas de la emigración europea. El último desarrollo del barrio lo componen modernos conjuntos residenciales, como Montelar, de mucha mayor calidad constructiva, igualmente orientados a la absorción de excedentes, si bien ahora de mayor nivel social y económico, en contraste con un entorno del que se mantienen en cierto modo segregados.

De este modo, el parque de viviendas resultante ha ido reconcentrando durante décadas las materializaciones de mayor carácter popular y social de las políticas de vivienda, como se observa en un corto paseo, desde las «casas baratas» y las «unidades vecinales de absorción» a las edificaciones cooperativas: viviendas de calidad entre mala y pésima, espacios habitables entre reducidos y muy reducidos, y gran disparidad volumétrica y estética. Aunque tampoco faltan viviendas más modernas y cuidadas, buena parte de este caserío se muestra hoy envejecido y degradado, con la existencia de cientos de infraviviendas repartidas por el barrio, como se reconoce en los propios planes municipales, que también advierten de la persistencia de cientos de ellas en situación de inseguridad jurídica, propiedad abandonada de entidades bancarias o «fondos buitres», se lee, que son «miel de mafias y personas que trafican con la vivienda con el ánimo de hacer negocio con ellas y extorsionan a familias más vulnerables, habitualmente inmigrantes sin papeles o personas de escasos recursos y habilidades».

Un barrio popular y una pobreza que no aparece en los registros

Durante los últimos veinticinco años, el barrio se ha reconfigurado también como polo de llegada masiva de personas y familias extranjeras. Con más del trece por cierto «oficial», San Juan de Aznalfarache lidera los porcentajes de población de origen extranjero entre los municipios de la provincia, aunque el Barrio Alto, donde su concentra su mayoría, debe encontrarse en un valor muy superior, al que cabrá añadir, además, el correspondiente al buen número de personas en situación administrativa irregular que resultan invisibles en estas estadísticas. En el conjunto de esta población extranjera, predominan las personas y familias latinoamericanas, aunque la larga lista de grupos nacionales, representados por decenas y frecuentemente vinculados ad intra por relaciones de paisanaje ─a veces cooperativas y a veces todo lo contrario─, está encabezada por marroquíes, dominicanos y colombianos, con chinos y paraguayos ya a cierta distancia.

Con su alta densidad, su fuerte ocupación y su intensa actividad, el Barrio Alto de San Juan compone un paisaje habitado y auténtico, popular y mestizo, de clase trabajadora y «ropa tendida» en muchos de sus rincones, como evocara tan certeramente monseñor Antonio Algora. «El ambiente social es bueno y yo percibo que la gente aprecia a la parroquia», celebra sin idealizaciones el párroco, don Joaquín Castellón, que reconoce que, «a veces, también se producen situaciones de violencia, de conflicto o de inseguridad». «Pero el ambiente social es bueno ─se reafirma─, teniendo en cuenta la pobreza que aquí existe». Y así es, porque buena parte del vecindario habita en duras condiciones de pobreza y exclusión social, como documenta la última actualización del «Atlas de distribución de la renta de los hogares», que cifra en más cinco mil el número de personas que subsisten en el barrio por debajo del umbral de la pobreza. 

En San José Obrero me reciben el mencionado sacerdote, junto con Paola Luna y Mercedes Verde, voluntarias de la Cáritas parroquial, cada una en un turno de acogida. Todos ellos escuchan educadamente mis datos de gabinete, que matiza cariñosamente el párroco con su experiencia sobre el terreno: «Salvo algunas zonas más nuevas y de más nivel económico, todo el barrio es más o menos humilde». «Lo que pasa ─me advierte─ es que la realidad es mucho más severa que los datos oficiales, porque la pobreza que nos llega aquí no aparece en ningún registro».

La Cáritas de San José Obrero atiende a varios cientos de familias cada año. Por una parte, a una minoría de familias «habituales» que subsisten bajo condiciones muy persistentes de pobreza y marginación. «Algunas son conocidas desde hace mucho tiempo y nos une a ellas incluso una relación de amistad y cariño», explica Mercedes. Y añade: «Y también hay algunas que han convertido el venir a pedir en parte de su forma de vida, aunque esto es algo que intentamos controlar. Además de dar algo de ayuda material, también orientamos y ofrecemos posibilidades de formación, pero cuando vemos que no hay intención ni motivación por cambiar, ahí paramos un poco».

Personas abocadas a abusos y opciones de supervivencia

Como otras Cáritas parroquiales de la diócesis, la Cáritas de San José Obrero está siendo repercutida de forma generalizada por la demanda de ayuda de personas y familias de origen extranjero, si bien la intensidad con que aquí sucede la convierte en una muestra plena de la vulnerabilidad y la fragilidad que aflige al colectivo, sometido a graves limitaciones de derechos, a severas condiciones de privación social y material, y a inaceptables dinámicas de abusos de todo orden.

La mayor parte de la labor de la Cáritas la ocupa la atención a personas y familias entrampadas en la irregularidad administrativa

La mayor parte de la labor de la Cáritas la ocupa la atención a estas personas y familias, que se encuentran, «prácticamente en su totalidad, en situación de irregularidad administrativa», descartadas por el sistema de protección internacional, entrampadas en la irregularidad sobrevenida, y, unas vez agotados o transferidos los pocos recursos de los que disponen, abocadas a opciones de supervivencia, como los trabajos irregulares y precarios y las viviendas hacinadas e inhabitables.

Mis interlocutores van detallando a coro sus «perfiles»: «Muchísimos colombianos, nicaragüenses, venezolanos, que tiene mayor nivel de formación, y ahora también peruanos, que no habían venido antes». «Algunos hondureños, guatemaltecos y salvadoreños». «También hay paraguayos y dominicanos que vienen, pero como amigos, porque han remontado ya». «Familias con hijos, muchísimas». «Muchachos y muchachas jóvenes que vienen solos». «Madres que vienen solas y dejan a sus hijos al cuidado de los abuelos o de sus familias». «Mujeres embarazadas». «Familias con hijos enfermos buscando tratamiento». «Llegan huyendo de la pobreza, de la violencia, de las maras, de la persecución e incluso de las violaciones». «Vienen buscando un futuro para sus hijos».

«Llegan desorientados y asustados, piden ayuda, se les da lo que se puede, están unas semanas, vienen a la iglesia, empiezan y ya no necesitan más Cáritas». «A todos les explicamos que en nuestra mano sólo está ofrecerles una ayuda puntual, los orientamos, les pedimos los papeles y, si no tienen papeles, los atendemos igual». «A veces lo que buscan es apoyo emocional, que alguien les dé un abrazo o les coja la mano, antes que dinero». «Las mujeres que dejan atrás a los niños sufren especialmente. Más que la pobreza es esa soledad radical, ese sufrimiento personal tan grande».

La necesidad de un trabajo y la imposibilidad de encontrarlo constituye una de las claves del asunto. «Si no tienen papeles, es muy difícil encontrar un trabajo estable, que es su preocupación», subraya Paola. «Muchos de ellos trabajan en el campo, de sol a sol, en condiciones muy duras». «El otro día lloraba aquí una chica hablando de la dureza del trabajo, de lo que pagaban, de que no tenía fuerzas para levantar suficientes cestos». «Otras tiene más suerte, mientras les dura, y cuidan a personas o trabajan de internas».

 «Los servicios sociales se aferran al tema del derecho y estas personas no tienen derecho»

Y después, la vivienda, «un problema serio aquí, porque estos pisitos pequeños y malos llaman a las familias pobres», lamenta el cura. «Hay pisos en los que puede haber tres o cuatro familias hacinadas, durmiendo en colchones», añade Mercedes. «Por una habitación, un migrante puede pagar doscientos cincuenta euros cada mes a alguien que, sin ser el dueño, se la alquila». «No es sólo que escaseen los pisos y las habitaciones, sino que los que se ofrecen están bajo el control de algunos que los alquilan de aquella manera». «Otros se han marchado de los suyos y los realquilan a los inmigrantes para hacer negocio». «Aquí no se pide fianza, no hace falta fianza si quieren echarlos».

La relación con los servicios sociales no parece fluir demasiado. «En el pasado, por activa y por pasiva, hemos intentando establecer una relación con ellos ─recuerda Mercedes─. Nos hemos reunido alguna vez, nos hemos dado los teléfonos, pero...». Y don Joaquín lo explica: «Estas personas no tienen, en su mayoría, derecho a ninguna prestación o ayuda. Tienen que estar empadronadas y llevar un tiempo. Y muchas no lo están: unas porque no llevan el tiempo necesario en el pueblo y otras porque no tienen permiso de trabajo y residencia. Los servicios sociales se aferran al tema del derecho y estas personas no tienen derecho». «Son los servicios sociales los que nos las mandan a Cáritas»

Y tampoco ayudan la barrera y el laberinto burocrático. «Ahora mismo hay gente esperando cita desde junio». «Se les pide una cuenta bancaria que, por otro lado, no pueden tener». «Además, hay muchas dificultades en las solicitudes de cita para iniciar la regularización. Para la primera, que es con la policía, pueden pasar meses. Tienen que estar llamando y solicitándola hasta la desesperación, caldo de abusos también en esto».

«Muchísimas de estas familias tienen una cultura del trabajo, del esfuerzo, de la rectitud, y sólo buscan una vida mejor, algo a lo que todos tenemos derecho. Estas familias ya están salvando al barrio de la marginalidad»
«¿Quién se beneficia de esto?»

Los interrogantes que formulan no pierden el hilo. «¿Por qué no les dan papeles a estas personas que necesitan trabajar y son necesarias para el trabajo? ¿Por qué no se les facilita una incorporación normal? ¿Quién se beneficia de esto? ¿No estamos admitiendo y diciendo, aunque sea inconscientemente, que queremos abusar de ellos?» «Son justas reivindicaciones: papeles, trabajo, posibilidades de vivienda».

«Muchísimas de estas familias tienen una cultura del trabajo, del esfuerzo, de la rectitud, y sólo buscan una vida mejor, algo a lo que todos tenemos derecho. En cuanto se estabilizan un poco, dejan de venir a Cáritas. Aparecen por la parroquia, nos saludan por la calle, pero ya han remontado. Los niños, todos escolarizados y estudiando. Muchas se marchan en cuanto pueden, aunque observo que últimamente hay más familias que se están quedando. Estas familias ya están salvando al barrio de la marginalidad. Cuando una se queda es una buena noticia para el barrio. Si quinientas tuvieran posibilidades de trabajo y vivienda y decidieran quedarse, serían quinientas buenas noticias, sería la transformación de San Juan».

 

Un voluntariado entregado, una parroquia siempre abierta

470224147 560240883599407 4030284980222658634 nEl equipo de la Cáritas Parroquial de San José Obrero está formado por más de veinte voluntarias y voluntarios que colaboran en sus diversas tareas y proyectos ─«algunos haciendo doblete», apunta Mercedes─, principalmente la acogida, desdoblada en turnos de mañana y tarde, y acciones como las clases de apoyo y refuerzo escolar, los talleres de cocina y las clases de español. Además, aunque no constituye un servicio permanente, la Cáritas realiza labores de asesoría jurídica mediante colaboraciones puntuales.

«Yo llevo doce años y es parte de mi vida. Pero Enrique, que ya era director cuando yo entré, tiene ochenta y dos años y sigue viniendo todos los viernes por la mañana». «Es un voluntariado entregado, motivado y con ganas», aprecia el sacerdote. «Realizan un trabajo intenso, intensísimo, organizado, aunque a veces la situación y la limitada infraestructura nos desbordan y desajustan un poco».

Intensa es también la pastoral parroquial: catequesis de primera comunión, Infancia Misionera, grupos de estudio del evangelio para adultos, pastoral de la salud, Manos Unidas, Marías de los Sagrarios, coro, hermandades, grupos de economía y mantenimiento... Se puebla el templo en la misa de las doce y media, recogida y sobria, y no se cabe en la de las once, como compruebo un domingo. Familias y personas de todas las edades, con cincuenta chiquillos que se arremolinan frente al altar, tras la bendición y el envío, para cantar y bailar entusiasmados el «Ciudadanos del mundo», que dirige desde la escalinata el celebrante, escoltado por hasta seis monaguillos y monaguillas a los que no se les pasa un toque de carrillón. «Es que aquí hay muchísimos monaguillos», dice el cura con una sonrisa.

La Cáritas cuenta con todo el respaldo de la comunidad parroquial. «Esto es una parroquia muy familiar ─ilustra─ y mucha gente que colabora en Cáritas lo hace también en otras tareas y pastorales. Pero, además, hay gente de la parroquia, de los grupos parroquiales, que tiene o ha tenido la necesidad de acudir alguna vez a Cáritas, como también hay gente que ha pasado por Cáritas primero y ha seguido viniendo a la parroquia después. A veces levanto la mirada en misa y veo que un buen número de familias ha necesitado la ayuda de Cáritas». «Yo vivo en Mairena ─respalda Paola─, pero vine una vez a escuchar misa y me enganchó la familiaridad. Esto está siempre abierto. Llama la atención, llama la atención y valoro mucho eso. Y desde entonces estoy aquí».

«Señor Jesús, te ofrecemos todo el día nuestro trabajo, nuestras luchas, nuestras alegrías y nuestras penas. Concédenos…». A la salida, a la izquierda, la Oración a Jesús Obrero se eleva desde un cartelón bien fijado.



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