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Un día de celebración y fraternidad que les distancia, en muchos casos, de la realidad de sus hogares, una soledad indeseada que consume y agota y, que hoy, al menos, no tiene opción de protagonismo.
Isabel tiene 84 años, aunque nadie lo diría, camina y se mueve como una polvorilla. Sin embargo, el brillo de sus ojos delata el paso de los años, de una vida vivida y compartida en el amor. Isabel cuida de su hijo cada día. Vive con ella, pero hoy le ha dicho que no se preocupara, que todo estaría bien, así que “le he dejado la comida preparada y me he venido”, me explica. Es solo un día, pero “qué falta me hace, qué bien me hace… lo necesito”, comenta emocionada. Isabel es feliz, tiene a su hijo, tiene salud, está bien, aunque, quizá también por el paso de los años, siente que la soledad camina a su lado.
En la parroquia encuentra ese lugar donde estar con otras personas iguales a ella, con las que comparte su tiempo e inquietudes. El proyecto le ha facilitado un espacio para cuidarse y para dejarse también cuidar por el Señor. Hoy tiene cuenta con ese espacio y se le nota en la cara que va a disfrutarlo. “Estas oportunidades hay que aprovecharlas” porque mañana… mañana nadie sabe.
Antonio se quedó en paro y Cáritas le ha echado una mano desde entonces. Su madre falleció de alzheimer y su hermano murió en una obra. Vive solo y se siente solo, echa de menos a su madre, así que “cuando ellas –las voluntarias de Cáritas- me llaman y me invitan a cualquier cosa lo dejo todo, ellas me recuerdan a mi madre, es como estar con ella”, así lo cuenta Antonio mientras las lágrimas asoman y toma un descanso para poder explicar que “no es solo tristeza, ¿eh?”, es también la emoción de saberse afortunado, querido.
Como Antonio e Isabel, también Eugenio, Pepita, Lola, Carmen y más de 80 participantes de los proyectos de mayores de las Cáritas de Los Desamparados, La Oliva, Juan XXIII, Nª Sª del Carmen y Nª Sª de los Ángeles y San José de Calasanz, afrontan el día con ilusión y se montan en el autobús rumbo, esta vez, al Monasterio de La Rábida, en Palos de la Frontera. Al convento franciscano que fue refugio de Cristóbal Colón y en el que se gestaron los preparativos de un viaje que terminó siendo uno de los acontecimientos más importantes de la Historia de la Humanidad, el Descubrimiento de América.
El día es para ellos, todo está cuidado y los voluntarios no pasan ni un detalle para que todo salga perfecto.
El tiempo acompaña, el sol calienta y, una vez allí, les ayudan a bajar y pasean hasta la Iglesia. La jornada comienza con la celebración de la Eucaristía.
Todo está en silencio, en escucha, en calma, en paz. Preside Antonio, el párroco de Los Desamparados de Alcosa, y anima la celebración el proyecto de la Parroquia de Los Ángeles de Montequinto, que han ensayado con mimo cada canto.
En la homilía, Antonio les da las gracias. “Siempre he aprendido una lección de vosotros. ¡Qué fácil es comenzar la vida con ilusión! Los comienzos siempre son muy ilusionantes, pero el coraje se guarda para permanecer, que eso es lo duro, permanecer como lo hacéis vosotros y vosotras, y eso es lo que quiero ofrecer hoy al Señor, que también nos enseñó que la vida cuando se entrega con generosidad da fruto y, hoy, es una alegría poder veros aquí reunidos”, mientras lo decía, alguien de forma espontánea suelta un “¡anda que no!”, y es que era cierto, allí abundaba el coraje, la entrega y los frutos, muchos frutos.
La celebración acaba con una ofrenda floral a la Virgen de los Milagros, coronada por San Juan Pablo II y ante la que rezó el mismo Cristóbal Colón momentos antes de iniciar su gran viaje.
La jornada continúa con una pequeña visita al monasterio guiada por fray Jordi, que cuenta con entusiasmo la historia que habita el convento.
Después, un salón bien preparado, con una gran mesa asignada a cada proyecto les espera para comer. Antonio e Isabel coinciden en la mesa, se acaban de conocer y comparten, junto al resto de sus compañeros, un rato agradable.
“Ahora viene lo bueno”, comentan en la mesa de detrás. Pilar, la técnica de Cáritas que les acompaña saca el altavoz y un bingo, la cosa se pone seria… Y al ritmo de la Jurado, la Pantoja, Raphael o King África, van cantando líneas y bingos. Las ganadoras son premiadas con regalos que las propias Cáritas han preparado. ¡Menuda fiesta! Sonríen, cantan, bailan y no se les escapa un número, no hay mayor preocupación.
Todo llega a su fin y tienen que recoger para emprender el camino de vuelta. No lo hacen con la pena de quien acaba una fiesta. Sus rostros reflejan alegría, satisfacción, pilas cargadas, encuentro…
Poco a poco vuelven al autobús y me acerco a Isabel para preguntarle qué tal el día: “¡fantástico!”, no atina a decirme mucho más, no hace tampoco falta. Después me acerco a Antonio para que me cuente algo de él, lo que he podido contar al principio, también para que me dé sus sensaciones, cómo se encuentra… le pregunto la edad y me dice que tiene 67, “no, 68, cumplo 68”. “¿Cuándo?”, le pregunto. Emocionado, me contesta: “Hoy”. Y yo, sorprendida le insisto: “¿cómo que hoy?, ¿cómo no lo hemos sabido?”. Antonio se vuelve a emocionar y confiesa que se pone nervioso, que le daba cosa, pero que para él ha sido un gran cumpleaños, ha sido un buen regalo.
Improvisamos, no podía quedar así. Providencialmente quedó un detalle que no se había dado en el bingo y corriendo, antes de que saliera el autobús, conseguimos subirlo. Una voluntaria coge el micro, llama la atención de todos y anuncia que hoy es el cumpleaños de “nuestro querido Antonio”. Y allí, mientras le cantan el Cumpleaños feliz y todos aplauden, Antonio vuelve a emocionarse al recibir el pequeño regalo que la voluntaria le hace llegar.
Ahora sí, el día termina. Isabel vuelve con ganas de encontrarse con su hijo y contarle cómo lo ha pasado. Antonio guarda en el corazón un cumpleaños muy especial.
Y la que escribe da gracias Al de arriba por hacerse oír en el corazón de todas las personas que escuchan su llamada y se donan para cuidar de “sus hermanos más pequeños”. Por sumar manos cuando hacen falta y por dar aliento cuando la tristeza, el dolor y la soledad aprietan. Gracias al Señor porque me ha dejado ver su rostro en cada uno. En Antonio, en Eugenio, en Pepita, en Isabel… pero también en Mamen, en Carmeli, en los voluntarios de +QFarmacias, en Inés, en Noemí, en Pilar, en Vicente…
El rostro del Amor que abre camino a la Esperanza.
*Cáritas Diocesana agradece la hospitalidad y la acogida de la Cáritas de Palos de la Frontera y de la comunidad Franciscana del Monasterio.

