Nuestras noticias
Texto: Joaquín Cano /Fotos 1 y 4: Ana Pérez Martín
Según se abandonan la autovía y sus vistas panorámicas, se empieza a sentir a pie de tierra la humanizada geografía de la campiña. Toda la etnología de estos pueblos tiene su base material en este paisaje de amplios terrenos de labor, de trigales de invierno segados hace poco, de campos de girasol en flor y de olivares, salpicado de cortijos y casas de campo, de almacenes y edificios agrícolas, de vestigios ruinosos aquí y modernas instalaciones más adelante, que marcan la línea de tiempo del desarrollo experimentado por la comarca durante las últimas décadas. Y así, mientras conduzco, voy tratando de situar en coordenadas concretas algunas de las lecturas intensivas y desordenadas de estos días, predispuesto ante la historia y la identidad, orgullosamente cultivadas, de esta gente arraigada en la entraña del campo de Andalucía.
En Cañada Rosal, me reciben las pulcras calles de un pueblo ordenado, horizontal y luminoso, con su tipismo campesino de casas blancas y bajas, desiertas
en esta calurosa media tarde de primeros de junio, cuando ya se anticipa lo que serán los sartenazos propios del verano de estas tierras. Aparco y enfoco mi tópica atención de urbanita en dos o tres bicicletas tranquilamente aparcadas sin amarrar. Y, como es pronto, me doy un rápido paseo hasta la iglesia, que tengo interés por conocer, aunque me la encuentro cerrada. Me conformo entonces con la vista de su fachada de postal costumbrista, reinventada «participativamente» hace una década con sabor y perfiles modernamente barrocos y estilosos: blanca con delineaciones arcillosas, un frontón partido y avenerado, una sinuosa espadaña y una llamativa torre de aguja revestida de cerámica vidriada.
La parroquia de Santa Ana fue erigida canónicamente en 1964 y está pastoreada desde entonces por don Fernando Flores, verdadera institución carrosaleña, que aún hoy, a sus 88 años, ejerce su cura pastoral, auxiliado en las tareas por el diácono permanente Alfonso Velasco. «Me siento bien», me aclara el cura tras un saludo, mientras toma asiento, sin darme ocasión de preguntarle. «En la silla, me siento bien», puntualiza, mientras mide mi grado de sorpresa con la sonrisa perspicaz de quien ha hecho muchas veces la misma broma.
Una pastoral parroquial con fuerte conciencia comunitaria y social
La pastoral parroquial lleva inevitablemente su impronta, su estilo «de acompañamiento»: «Intentar que no me digan como aquella mujer analfabeta dijo una vez a un compañero: 'usted será sacerdote, pero no cura'», me resumirá más adelante. El resultado es el de una fuerte conciencia comunitaria y social, formada y comprometida, que se manifiesta en el dinamismo de la Cáritas de la parroquia, como también -presumo- de sus catequesis, del coro, de la pastoral de la salud, de sus grupos y de sus hermandades, «alguna con doscientos cincuenta años de historia -aprecia orgulloso-, pero sin golpes de vara».
Muy cerquita del templo está el local de reunión del Taller de la Abuela Santa Ana, donde las mujeres participantes se afanan a esta hora en sus labores de punto, que apenas interrumpen para saludarme y atender mi solicitud de posado. «Una foto para la revista de Cáritas», les anuncio. «Yo tendría que haber ido a la peluquería», repone con gracia una de ellas, acomodándose el pelo.
Y aquí me encuentro también con Ana, Juan Antonio, Victoria, Dolores, Trinidad y Alfonso, gente joven, de mediana edad, avanzadilla del nutrido grupo de voluntarias y voluntarios que forman la Cáritas carrosaleña. De entre los presentes, hasta este día, apenas si he mantenido algún contacto anterior con Juan Antonio, el director, una vez y por correo electrónico, hace unos cuantos años, cuando me corrigió un texto que yo escribía sobre alguna actividad de esta Cáritas de Cañada del Rosal: «No, por favor, es Cañada Rosal», me dijo entonces, aunque no se acuerde y se ría ahora. «Pues para que veas -le digo entre risas-, porque, desde ese día, soy un apóstol de la denominación correcta». Don Fernando se apresta entonces a esclarecer el origen del nombre, cuando el proyecto ilustrado de las nuevas poblaciones que colonizó la vasta extensión despoblada de las campiñas cordobesa y sevillana encontró en estos pagos poblados de rosales bravíos un territorio idóneo para la instalación de una última aldea. Aquello le dio el nombre, pero también el legado de aquellos primeros pobladores centroeuropeos que la habitaron, que aún perdura, recreado bajo las afiladas condiciones del desarrollo histórico de la campiña, en sus tradiciones, en su floclore y hasta en sus apellidos, signos -pienso- del profundo arraigo de su gente, de salida y retorno, a través de los siglos, podría decirse, como estos Pistón, Hans, Chambra o Fílter mezclados con los Álvarez, Flores, Sánchez, Palmero, León, Llamas o Bautista que están aquí sentados conmigo.
Del reparto de alimentos al acompañamiento
Con sus más de tres mil habitantes actuales, Cañada Rosal se sitúa, considerado el contexto de la estadística provincial, en un nivel medio de renta, que expresa el innegable desarrollo social y económico experimentado desde las últimas décadas del siglo pasado, aunque no siempre haya sido así. «Este ha sido un pueblo realmente pobre», me explica el cura con la intensidad de lo vivido. «En los años cincuenta y sesenta, aquí no había más medios de vida que la siega y la aceituna. Cuando terminaban, el obrero estaba condenado, sin seguro social, ni pensiones ni ayudas. Sólo había una escuela unitaria; y los chavales, con ocho o diez años, guardaban pavos o cochinos por la comida». Y así continúa narrando sobre los tiempos de la emigración providencial, sobre la fecunda importancia del retorno, sobre la misión de la Iglesia tratando de acompañar y cuidar del pueblo en los gozos y las esperanzas, en las tristezas y las angustias.

La Cáritas Parroquial de Santa Ana, de Cañada Rosal, está ahora formada por veintiuna personas, con frecuencia pluriempleadas en sus labores y proyectos. Sorprende quizás el número, que contrasta con la situación de algunas Cáritas apremiadas por la cierta escasez de colaboradores, pero pregunto por el secreto y titubean en sus repuestas, como ante algo que parecen dar por natural: «El interés de los proyectos, su acierto, el tipo de trabajo quizás...» «Perdone que le diga -interviene de nuevo don Fernando-, pero es la educación, la formación en la Doctrina Social de la Iglesia, la conciencia social creada...» «Hoy son tantos, pero casi seguro que, si mañana hicieran falta diez más, habría diez más».
La labor de la Cáritas se configura sobre tres líneas de acción: una, la acogida, «siempre, claro»; otra, el acompañamiento a personas mayores, «quizás hoy su foco principal»; y una tercera, «más en ciernes», la atención a situaciones de adicciones y trastornos de conducta.
Sobre la acogida, observo lo que en nuestra jerga institucional diríamos «una baja presión asistencial», con apenas cuatro familias acompañadas durante 2024, otro contraste con la realidad de muchos equipos de la diócesis. «En Cañada Rosal no existe un problema masivo con las familias inmigrantes -explica Juan Antonio- y las que hay tienen trabajo, aunque algunas arrastren la situación de irregularidad. Puede ser también que haya mejorado algo la situación. Pero creo que es, sobre todo, una cuestión de metodología. Aquí hubo un tiempo en que también estuvimos desbordados. En 2012 o 2013, podíamos encontramos cuarenta expedientes en la mesa cualquier tarde, hasta que nos preguntamos qué sentido tenía todo aquello. Y fuimos los primeros del arciprestazgo que renunciamos al reparto masivo de alimentos».
Mientras lo escucho, retiembla en mi cabeza la resistente imagen social de «Cáritas repartidora de bolsas» y les pregunto, si no reparten, qué hacen entonces. Su respuesta es contundente y lúcida: «La acogida no se abandona nunca. Cuando llega alguna persona, la recibimos, la escuchamos, documentamos la situación y la ponemos en contacto con la asistenta social. Después, lo que nos planteamos es qué podemos hacer para que esta persona o familia progrese. Si es necesario, ofrecemos esa asistencia material, hablamos con un establecimiento y autorizamos, pero ya estamos haciendo otro trabajo con estas personas. No queremos asistencialismo puro y duro, sino trabajar con la persona, un proceso de progreso, no de estancamiento. El estancamiento ya aprendimos hace años cuánto daño hace a las personas. Nosotros no queremos tener usuarios de por vida, no, no, no».
La revisión metodológica supuso, en realidad, un ensanchamiento de la visión del grupo, tras la que resulta inevitable recibir las resonancias de aquella nueva imaginación de la caridad a la que exhortara san Juan Pablo II: «procurar no sólo, y no tanto, la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacernos cercanos y solidarios». «Al final -explica Alfonso-, te das cuenta de que hay una pobreza material, pero también otras necesidades, otras pobrezas, una pobreza social, en valores...». Y de ella surgen nuevas ideas, acciones y proyectos.
El Taller de la Abuela Santa Ana, con casi quince años de trayectoria, es uno de ellos, respuesta a la situación de necesidad de las personas mayores, frecuentemente arrinconadas en un estatus periférico de vulnerabilidad, pasividad y desafiliación. El proyecto, estructurado en torno a una labor permanente de punto y artesanía, recibe el fiel respaldo diario, «cada tarde, de lunes a jueves», de las quince o veinte mujeres participantes en sus actividades, que se desdoblan en dinámicas de encuentro, relación, convivencia, formación y participación social y solidaria. Los beneficios de sus productos -me explican- contribuirán más tarde, tras su venta en mercadillos, al proyecto solidario que ellas decidan, pero también a la sostenibilidad de la vida social y cultural, como demuestran la alegría de las mujeres y de sus familias, y el colorido de las calles entoldadas el día del Corpus con el producto de su labor. Otro día me mandarán puntualmente las fotos de la celebración, que me traeran con ellas una representación precisa de aquellas palabras de la filósofa Victoria Camps: «La sociedad se retrata en la forma de tratar a los mayores»
El Proyecto Jairo, «algo menos institucionalizado, aunque tiene ya cuatro o cinco años», responde, por su parte, a «la constatación del sufrimiento de muchas familias ante situaciones de adicciones y trastornos de conducta, familias que necesitan ayuda, no tanto económica, sino de otro tipo, de apoyo y acompañamiento». «A raíz de eso -continúan- empezamos una colaboración con la asociación Resurgir, de Antequera, de la que recibimos formación como monitores terapéuticos. El proyecto funciona en parte como una especie de escuela para las familias que nos sirve para acompañarlas».
Una Cáritas reconocida
La Cáritas recibe el reconocimiento social del pueblo, aunque no falten en algunos momentos algunas incomprensiones, de esas fundadas en imágenes preestablecidas de la labor de Cáritas o en moralizaciones sociales de la pobreza, tan difíciles de remover, como bien sabemos todos: «pero nosotros tenemos claro qué nos mueve, por qué lo hacemos y a quién seguimos», se reafirman. También reciben el respaldo del municipio, que se traduce en una fluida y fructífera comunicación y cooperación con sus servicios sociales, o en el apoyo institucional y técnico del ayuntamiento a las actividades que realizan.
Y así se abre al futuro esta Cáritas de Santa Ana, preguntándose por los próximos pasos: «cómo abrimos el taller a la participación de los hombres», «cómo podemos estrechar nuestra coordinación con las hermandades», «cómo...»

